Por Ulises Aquino ()
La Habana.- Hay silencios que no pueden ser ignorancia. Y hay premios que no pueden ser olvido. El Premio Nacional de Música se ha entregado, una vez más, y la pregunta que flota en el aire es tan simple como incómoda: ¿en qué país viven los que deciden? Porque Cuba es tierra de músicos inmensos, de creadores cuya obra trasciende fronteras y se convierte en bandera, escudo y orgullo nacional. Y sin embargo, nombres como el de Rembert Egües brillan por su ausencia en la lista de galardonados. No es un descuido. Es un desprecio. Es un mensaje.
Rembert Egües no es un músico cualquiera. Es un fenómeno. Un compositor extraordinario, un arreglista de talento desbordante, un director de orquesta que acompañó a la gran Alicia Alonso y al Ballet Nacional de Cuba por medio mundo. Metropolitana de Nueva York, Covent Garden, Ópera de París. Zarzuelas en Cuba y Colombia. El ballet «Muñecos», la música de «Vampiros en La Habana». Esa es su obra. Y si eso fuera poco, fue el arreglista de muchos discos, entre ellos alguno del maestro Ernesto lecuona.
Rembert arregló para el gran Michel Legrand en París. Durante más de treinta años dirigió musicalmente el Trois Maillets de París. Ganó premios en los concursos Adolfo Guzmán, trabajó con Maggie Carles, con Beatriz Márquez, con la Orquesta Cubana de Música Moderna, con la Orquesta Sinfónica de la Televisión Cubana. Y durante años, tuvo un programa de televisión que nos enseñó música a todos los cubanos. Eso es lo que ha hecho. Eso es lo que el jurado del Premio Nacional de Música ha decidido ignorar.
Ya olvidaron a otros
Y no es la primera vez. Lo mismo le hicieron al maestro Roberto Sánchez Ferrer, que recibió el premio justo antes de morir, después de una obra extraordinaria, incomparable con la de algunos galardonados anteriores. La suerte de Sánchez Ferrer fue vivir 99 años y poder verlo llegar. Pero Rembert Egues sigue esperando. Sigue viviendo en Consulado, en Centro Habana, sigue siendo patriota, sigue estando aquí, a pesar de todo. Y el premio no llega.
La pregunta es inevitable: ¿qué memoria tienen los que deciden? ¿Qué música escuchan? Porque si no escuchan la de Rembert Egües, entonces no escuchan nada. Y si lo escuchan y aun así lo ignoran, entonces no es ignorancia. Es otra cosa. Es la misma lógica que ha premiado a los cancerberos del régimen, a los que merecen más una medalla política que un premio de música. Porque en este país, la música a veces es solo una excusa. Y el premio, una herramienta de control.
Hasta que ellos, al fin, se vayan
No me sorprendería que el año que viene se lo entreguen a los que hacen necrocanciones, a los mismos que han prostituido el arte en función de la propaganda. Porque el Premio Nacional de Música, como tantas otras cosas en Cuba, ha dejado de ser un reconocimiento al talento para convertirse en un botín político.
Y mientras tanto, Rembert Egües sigue esperando. No pide limosna. No pide favor. Pide justicia. Pide que se le reconozca lo que merece. Y pide que la música, la verdadera música, vuelva a ser el centro. Pero en este país, la verdadera música es la que incomoda. Y Rembert, con su obra inmensa, incomoda. Por eso no le dan el premio. Por eso no se lo darán. Y esa es la verdadera tragedia. No que un músico no reciba un premio. Sino que el premio haya perdido todo el sentido. Y que la música, como el pueblo, siga esperando.
Esperando que alguien, algún día, tenga la decencia de hacer lo correcto. Pero mientras tanto, Rembert Egües sigue componiendo. Y nosotros, los que lo conocemos, los que hemos cantado sus arreglos, los que sabemos de su grandeza, seguimos preguntándonos: ¿qué memoria la de ustedes no? ¿O es que acaso han decidido olvidar? Porque si han olvidado, entonces no es ignorancia. Es otra cosa.
Y esa otra cosa, en Cuba, tiene nombre y apellido. Y se sienta en los jurados. Y decide. Y calla. Y nosotros, mientras tanto, seguimos esperando. Como siempre. Como nunca. Como hasta que la música, al fin, se imponga. O hasta que ellos, al fin, se vayan.
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