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Por Max Astudillo ()

La Habana.- A sus 94 años, el menor de los hermanos Castro tiene más miedo que convicciones. Y no es un miedo abstracto, ideológico, de esos que alimentan los discursos en la Plaza. Es un miedo concreto, carnal, que se agarra a dos imágenes que lo persiguen cada noche, cuando el insomnio del poder le concede una tregua: sus cenizas pisoteadas en las montañas del Segundo Frente, y la piedra que protege los restos de Fidel en el cementerio de Santa Ifigenia arrojada al mar por una multitud enfurecida.

Para un hombre que ha dedicado su vida a construir un sistema de control absoluto, la idea de que su propia gente profane su memoria es el peor de los castigos. No es la historia la que lo absolverá, como soñó su hermano. Es el miedo a la historia el que lo mantiene aferrado a esa poltrona imaginaria desde la que sigue mandando sobre presidentes y ministros, generales y coroneles.

Y no crean que exagero. Raúl Castro dejó la presidencia en 2018, renunció a la primera secretaría del Partido en 2021, pero nunca, nunca, se ha ido del todo. Como bien dijo Miguel Díaz-Canel aquel 19 de abril de 2021, cuando recibió el cargo: «Las decisiones estratégicas de la nación serán consultadas con el general del Ejército Raúl Castro Ruz».

No fue un cumplido, fue una confesión. El presidente de Cuba, el primer dirigente civil en seis décadas, admitió que el poder real seguía en las manos arrugadas de un nonagenario que prometía seguir dando «su orientación y su alerta ante cualquier error o deficiencia, presto a enfrentar al imperialismo como el primero con su fusil».

Ese fusil imaginario, ese fusil de nonagenario, es el que todavía hoy, en 2026, apunta a todo aquel que ose cuestionar el orden dinástico.

Intentará proteger la familia y el ‘legado’

Por eso no soltará. No lo hará a placer, no lo hará por voluntad propia. Se aferrará a ese trono invisible con la misma desesperación con que los condenados se agarran a la vida cuando saben que el verdugo se acerca. Porque no se trata solo de él. Se trata de su familia. De su hijo Alejandro, el general de brigada al que le regalaron los grados y que maneja los hilos de la inteligencia y los negocios. De sus hijas, de sus nietos, de esos biznietos que hoy crecen en una burbuja de privilegio mientras el resto del país se desangra en colas y apagones.

Raúl sabe, con la certeza que da haber vivido nueve décadas, que si el castrismo cae, su familia no tendrá un futuro tranquilo en la isla Y tal vez ni fuera de ella. Podrán negociar, podrán escapar, podrán incluso llevarse parte de la fortuna acumulada. Pero no podrán volver. No podrán pasear por La Habana sin que alguien les escupa el nombre.

Y entonces aparece Donald Trump. Ese hombre que ya ha demostrado en Venezuela que no negocia por negociar, que sabe ejecutar operaciones quirúrgicas con precisión de relojero. La captura de Nicolás Maduro el 3 de enero de 2026 no fue una casualidad, fue un ensayo general. Un mensaje en código para todas las dictaduras del continente: «Su turno puede ser el próximo».

Trump habla de «toma amistosa», de «negociaciones», de «acuerdos». Pero quienes lo conocen saben que detrás de esa retórica se esconde la misma determinación que llevó a sus fuerzas especiales a extraer a Maduro de su propio palacio y subirlo a un avión con destino a Nueva York para ser juzgado.

Raúl Castro sabe que Trump lo tiene en la mira

Raúl Castro lo sabe. Por eso negocia a través de su nieto, por eso envía mensajes, por eso busca desesperadamente un acuerdo que le garantice lo único que realmente le importa: que sus huesos descansen en paz y que los suyos no corran la misma suerte que los de Maduro.

Pero Trump no es Obama. No negocia por las buenas cuando las malas son más efectivas. Y el cerco se estrecha. La orden ejecutiva del 29 de enero de 2026 declaró a Cuba una «amenaza inusual y extraordinaria». El petróleo no llega. La comida escasea. Los turistas se van. El país se apaga.

Así que sí, alguien lo sacará de allí. Y ese alguien se llama Donald Trump. Tal vez Raúl y su familia no corran la suerte de Maduro, que logró salir con vida aunque ahora enfrente un juicio en Manhattan. Tal vez negocien una salida decorosa, un exilio dorado, un final de película para quienes convirtieron la vida de millones en una pesadela de sesenta y siete años. Pero una cosa es segura: no se irán porque quieran.

Se irán porque no les quedará más remedio. Porque el miedo a la historia, al fin, se ha vuelto más poderoso que la historia misma. Porque las cenizas de los tiranos no merecen descansar en paz. Merecen ser esparcidas por el viento de la libertad que ellos mismos intentaron apagar.

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