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Rafael del Pino, el desertor que el castrismo nunca pudo callar

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Cuando el general Rafael del Pino, el héroe de la aviación en Bahía de Cochinos y uno de los militares de más alto rango en desertar de Cuba, aterrizó su avioneta en Florida en 1987, el régimen de Castro sintió un sismo interno. Del Pino conocía los secretos de la guerra en Angola, las debilidades de la Fuerza Aérea y la corrupción en la cúpula militar. Tras su deserción, comenzó a colaborar con Radio Martí y el Pentágono, convirtiéndose en el «enemigo público número uno». Sin embargo, lo que vino después fue una serie de incidentes y «accidentes» cercanos que obligaron a ponerlo bajo protección permanente por el resto de su vida.

A diferencia de otros desertores que desaparecieron rápidamente, Del Pino fue objeto de una guerra de desgaste psicológica y atentados fallidos organizados por agentes de la Red Avispa en suelo estadounidense. El crimen político en este caso fue el intento persistente de asesinato transnacional contra un hombre que desmitificó el «honor militar» de la Revolución desde adentro. La inteligencia cubana no buscaba solo matarlo, sino destruir su credibilidad antes de hacerlo, utilizando infiltrados en el exilio para crear rumores de que era un agente doble o que padecía de inestabilidad mental.

El caso de Del Pino reveló hasta qué punto la inteligencia de La Habana podía penetrar las estructuras de seguridad de Estados Unidos para rastrear a un desertor de alto valor. Cada vez que Del Pino intentaba rehacer su vida, surgía un «percance» mecánico en su vehículo o una amenaza directa a su familia en la isla. Fue una cacería humana que duró décadas, demostrando que el brazo de la «justicia revolucionaria» tiene una memoria larga y recursos infinitos cuando se trata de castigar a un oficial que ha roto el juramento de silencio sobre las operaciones reales en el extranjero.

Hoy, Rafael del Pino vive como un fantasma del pasado, un recordatorio viviente de que la deserción en los niveles más altos es el único pecado que el régimen nunca perdona. Su historia es la crónica de un hombre que recuperó su libertad pero perdió su paz, perseguido por una maquinaria que prefiere gastar millones en espionaje antes que permitir que la verdad sobre sus derrotas militares salga a la luz pública. Del Pino es el espejo donde se miran todos los generales actuales, sabiendo que la salida de la isla siempre viene acompañada de una sombra con un arma silenciosa. (Tomado de Aquel Ayer En Historias)

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