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Por Anette Espinosa ()
La Habana.- He pasado todo el día con esa misma pregunta clavada en la cabeza, como el olor a plástico quemado que desde hace semanas se cuela por las rendijas de la ventana. ¿Quién demonios está quemando basura en plena calle en La Habana? Porque una cosa es la necesidad, el solitario fogón de alguien que no tiene con qué cocinar, pero esto es otra cosa. Esto son columnas de humo negro, denso, que emergen a horas parecidas en distintos puntos del barrio. No era casualidad, y lo sabía.
Después de darle vueltas y preguntar con cuidado, pudo llegar una respuesta. Un hombre que trabaja en Comunales en el municipio Cerro accedió a hablar, pidiendo por favor que no dijera su nombre. «Es que tenemos orden de hacerlo», me soltó, con una mezcla de resignación y cansancio. La orden, según me explicó, es de «higienizar» y deshacerse de los desechos acumulados, y la quema es el método más rápido, el que no necesita combustible para transportarla ni espacio en un vertedero colapsado. La rabia me subió por el pecho como una llamarada. Lo sospechaba, claro que lo sospechaba, pero escucharlo confirmado te parte el alma.
¿Es que ya el régimen quiere darle el golpe de gracia a los cubanos? ¿Que caigan muertos y ya está, que se acabe el problema de una vez? Porque no hay otra forma de interpretar esta decisión: condenar a barrios enteros, llenos de niños y ancianos, a respirar ese coctel químico que sueltan los plásticos y la basura al arder. Es una sentencia de muerte lenta, silenciosa, que no sale en los partes oficiales, pero que se te mete en los pulmones cada tarde.
Cuando pude bajar la bilis y pensar con más claridad, me puse a conversar con Gpt. Necesitaba saber, ya que esto no va a parar, cómo puede la gente protegerse de ese humo tóxico que lo impregna todo. Me explicó que lo ideal, lo más efectivo, son las mascarillas FFP2 o N95. Pero le pedí que no me mareara con tecnicismos imposibles, que aquí la inmensa mayoría de la gente no tiene acceso a esas cosas, que un pomo de aceite es un lujo, así que una mascarilla de esas es casi ciencia ficción. Le pedí soluciones de a pie, de las que se agarran con manos y trapitos.
Al final, esto es lo que aconseja y quiero compartirlo, porque no podemos quedarnos de brazos cruzados mientras el aire nos mata. Lo primero, si el humo aprieta, lo mejor es quedarse dentro de casa. Cerrar bien puertas y ventanas y sellar las rendijas con toallas húmedas. Si tienen un ventilador, pueden ponerle varias capas de tela gruesa en la parte de atrás, donde entra el aire, y fijarlas bien con cinta; no es un filtro profesional, pero ayuda a mover un aire un poquito más limpio dentro de la habitación. Si no queda más remedio que salir, hay que ponerse una mascarilla de tela gruesa, de varias capas y bien ajustada a la cara. Y después, al volver, lavarse bien la cara, los ojos y cambiarse de ropa.
Hoy el aire duele. Duele al respirarlo, duele ver a los vecinos toser, duele pensar en los asmáticos, en las embarazadas, en los viejitos de la cuadra que no tienen cómo escapar. No es niebla, no es polvo del Sahara. Es basura ardiendo, son nuestros pulmones respirándola a la fuerza. Cada bolsa de plástico que queman libera toxinas invisibles que se quedan. Si puedes, quédate dentro. Cierra todo. Protege a los tuyos como puedas, con trapitos húmedos y ventiladores viejos. Porque el aire debería dar vida, no enfermarte en silencio. Respirar aire limpio no debería ser un privilegio en ninguna ciudad, y mucho menos una condena en La Habana. Es un derecho, aunque aquí nos lo estén quemando delante de las narices. (A partir de un texto en Facebook de Tania Tasé)