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Por Reynaldo Medina Hernández ()
La Habana.- Recuerdo la primavera de 1980… ¡Coño, no sean aguafiestas! Déjenme poetizar, yo sé que en Cuba no existen las cuatro estaciones. En la escuela me enseñaron que solo teníamos dos: lluvia y seca, a veces decían invierno y verano; pero como ya ni llueve ni hace frío nunca, ¿qué tenemos? ¿La Constitución también dice que solo podemos tener una sola estación?
Reiniciamos…
Recuerdo esos días por acontecimientos muy importantes para mí y para Cuba. En lo personal, tomé la que creo fue la primera gran decisión de mi vida: dejar la universidad. Estudiaba una carrera de ingeniería, por obra y gracia de tener obligatoriamente que llenar una boleta de solicitud con 10 opciones. Pero pronto supe que aquello no era lo mío.
No obstante no salí por la puerta de atrás, ni suspendí ni me botaron. Aprobé el primer semestre y me me fui por voluntad propia. Nunca me arrepentí.
Recuerdo que en abril de 1980 fueron los sucesos de la Embajada del Perú, que inició la conocida como crisis de las embajadas, pues aunque la del país andino fue la que acaparó el centro de la atención, otras sedes diplomáticas, incluida la Oficina de Intereses de EUA también fueron ocupadas por miles de cubanos que aspiraban a conseguir una visa para salir del país. Hubo una gran repercusión internacional. Varios países aceptaron recibirlos y el Gobierno cubano, intransigente al principio, terminó por ceder.
Recuerdo que todo eso fue solo el preludio del verdadero acontecimiento histórico: el éxodo del Mariel, iniciado cuando Cuba abrió sus fronteras marítimas y habilitó ese puerto del occidente de la isla para que atracaran allí las embarcaciones que vinieran de EUA a recoger (supuestamente) a sus familiares. Los paréntesis son porque la idea original involucionó en algo monstruoso, pues las autoridades cubanas los obligaron a trasladar a personas ajenas, entre los que se encontraban delincuentes, reos y enfermos mentales liberados para la ocasión de cárceles y hospitales psiquiátricos.
En las travesías hubo robos, asesinatos, violaciones. Alrededor de 125 000 cubanos emigraron en este Camarioca 2.0 muy conveniente para el Gobierno cubano, que periódicamente condiciona estas válvulas de escape para aliviar la presión social y deshacerse de opositores y otros ciudadanos «incómodos». Bajo el título de «Noticias del Mariel», el periódico «Granma» publicaba una escueta nota informando el número de personas que se embarcaban cada día, a los cuales calificaba, de forma invariable, como «elementos antisociales».
Recuerdo que el camino hasta el Mariel era agónico para los aspirantes a emigrar, casi tan dramático como la propia travesía. De repente empezaron a organizarse turbas que la emprendían contra ellos. Al principio solo de palabra, pero no tardaron en comenzar a lanzarles huevos y tomates, y a vejarlos.
Eran acosados en sus propias casas, pintorreteadas con letreros ofensivos, y en el camino hasta la guagua que los llevaría hasta el punto de embarque.
No era algo nuevo, pero nunca antes aconteció con tanta magnitud. Nacieron los vergonzosos «actos de repudio», contra personas cuyo único delito era querer irse del país. Nadie duda que esto fue concebido y apoyado desde el Gobierno. La cosa se complicó cuando empezaron a golpear a las personas y las víctimas y sus familiares respondieron a la agresión. Hubo incidentes con cuchillos y machetes. Las mentes macabras que concibieron esta aberración comprendieron que aquello podía terminar en una guerra civil y mandaron a parar.
Recuerdo que mis amigos y yo nos pasábamos la noche pueblerina eludiendo a aquellas turbas enceguecidas, no sé si por servilismo a la autoridad, odio real a los que se iban o envidia por no poder hacerlo ellos.
En mi pueblo había un solo teléfono público, y allí acudían los que llamaban a sus familiares en EUA para pedirles que vinieran a buscarlos; pero también quienes llamaban a la familia… de Las Tunas o Camagüey, a la novia que vivía en otro pueblo, o a un hospital para saber de un enfermo, pero que igual podían ser víctimas del infame bombardeo. La pequeña cabina telefónica, ubicada entre el cuerpo de guardia del policlínico y la centralita telefónica (ETECSA aún no existía), y sus alrededores, era una zona peligrosa, no era aconsejable pasar por allí a ninguna hora.
Recuerdo las consignas que repetía aquella chusma despreciable, reproducida por los periódicos e incorporadas en programas «humorísticos» y spots de la televisión, lo cual confirma la paternidad estatal de esta vergüenza. «¡Que se vaya la escoria», gritaba uno, y los enardecidos «revolucionarios» apoyaban: «¡Que se vayan!», «¡Que se vayan!», «¡Que se vayan!». Otro por allá: «¡Que se vaya la gusanera!», y el coro: «¡Que se vayan!», «¡Que se vayan!», «¡Que se vayan!».
Inventaron cancioncitas: «Gusano, lechuza/ te cambias por un pitusa/ nosotros los cubanos/ seguimos en la lucha», y parodias: «No los queremos más/ no los queremos más/ no los queremos más/ que se vayan pal carajo/ y que no jodan más».
Carlos Puebla y sus tradicionales, ¿quiénes si no?, cantaban: «Solavaya al que se va/ para nunca más volver/ le decimos nada más/ a la escoria que se va/ que se va por el Mariel». Claro, que eso de «para nunca más volver» se revirtió cuando los «gusanos» se transformaron en «mariposas»… pero ese no es el tema hoy.
El principio de este infierno inducido coincidió con mis últimos días en la CUJAE, justo en los momentos en que surgió esa otra infamia de «La universidad es para los revolucionarios». Aprovechando aquella caldeada situación política se inició una feroz cacería de brujas contra todo el que «no estuviera muy claro ideológicamente».
Decenas de estudiantes fueron expulsados, incluso algunos en los últimos años de la carrera. Pero la peor parte, por supuesto, les tocó a los que se iban del país, víctimas de aquella brutalidad salvaje. Alumnos y profesores fueron golpeados de forma inmisericorde, escupidos, arrastrados por el fango. Yo lo vi, no repito algo contado por nadie, ni leído en las redes sociales «enemigas».
Como los de la cabina telefónica de mi pueblo, los que dejaban los estudios por «otras causas» (como yo), corrían el riesgo de ser confundidos y sufrir el mismo destino. Recuerdo lo tenso que fue para mí el trayecto desde el albergue hasta la Secretaría, con mi bulto de libros para devolver, caminando entre las hileras de edificios, expuesto a algún grito de «¡Que se vaya la escoria», que desencadenara el Armagedón sobre mi entonces raquítica anatomía.
Y lo hubo, lo hubo, pero por suerte no de un fanático, sino de un jodedor de Cienfuegos, que sabía cuál era mi caso. Inocentemente me expuso, pero a esa edad todavía no se es lo suficientemente responsable para entender los peligros del mundo y cuánto daño puede hacerse sin intención.
Los actos de repudio mutaron a una forma «un poco más civilizada», si se quiere ver con mirada benevolente: las marchas del pueblo combatiente. Se seguían gritando ofensas e indecencias, pero al menos no dañaban físicamente a las personas.
Recuerdo, aunque han pasado ya 46 años, especialmente esa frase, que nunca ha dejado de dar vueltas en mi cabeza: «¡Que se vayan!», «¡Que se vayan!», «¡Que se vayan!».
Sí, muy bien que recuerdo todo eso… lo que no recuerdo es por qué, justo ahora, recuerdo todo eso…