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¿Qué hay que salvar de la revolución?

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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Apuntes sobre sus defensores externos y la realidad cubana

Houston.- La pregunta no es cómoda, pero es necesaria. ¿Qué hay que salvar de la revolución cubana después de más de seis décadas de poder absoluto? No es una consigna ni una provocación: es una interrogante histórica que exige una respuesta honesta.

Porque si algo ha quedado claro con el paso del tiempo es que el relato épico ha sobrevivido mucho mejor que la realidad material del país. Mientras la narrativa insiste en hablar de resistencia, soberanía y dignidad, la vida cotidiana del cubano se define por la escasez, el deterioro y la incertidumbre.

En ese escenario aparece un fenómeno que merece ser examinado con rigor: la presencia de defensores externos del régimen. Activistas, políticos y figuras públicas que, desde sociedades donde imperan libertades que en Cuba no existen, se erigen como portavoces de una revolución que no padecen.

Entre ellos destaca Medea Benjamin, símbolo de un tipo de activismo internacional que ha hecho de la causa cubana un espacio de militancia ideológica. Su discurso, centrado en denunciar el embargo estadounidense, omite con frecuencia el análisis de las estructuras internas de poder que han conducido al país a su estado actual.

La omisión y las contradicciones

El problema no es la crítica al embargo. El problema es la omisión sistemática de la responsabilidad del modelo político cubano en la generación de su propia crisis. Porque ningún bloqueo externo explica por sí solo la ineficiencia estructural, la represión política ni la negación persistente de derechos fundamentales.

Este tipo de activismo incurre en una contradicción difícil de sostener: exige justicia social mientras respalda sistemas que limitan la libertad individual; denuncia desigualdades mientras justifica estructuras que las perpetúan; habla en nombre de los pueblos, pero sin escuchar realmente a quienes viven dentro de ellos.

Existe una anécdota que lo resume todo. Una activista extranjera, defensora del modelo cubano, entró fuera de protocolo a una tienda en La Habana: estantes vacíos, una sola verdad —“aquí nunca hay nada”. Horas después habló en público de dignidad y resistencia. No mencionó lo que vio. No fue ignorancia. Fue elección.

La defensa de un país que no es

Cuba se ha convertido, en ese sentido, en un escenario simbólico donde se proyectan ideales ajenos, muchas veces desconectados de la experiencia real del cubano de a pie. Se defiende una idea de país que no coincide con el país vivido.

Mientras tanto, la nación real se vacía. La emigración masiva no es un accidente: es un veredicto silencioso. Cada cubano que se va está respondiendo, sin discursos, a la pregunta que otros intentan evitar.

Y es ahí donde la interrogante inicial cobra todo su peso. ¿Qué hay que salvar? ¿Un sistema que no logra sostener la economía de su pueblo? ¿Un modelo político que no admite la alternancia ni la crítica libre? ¿Una narrativa que necesita ser defendida desde fuera porque dentro ya no convence?

La historia no se escribe con consignas, sino con resultados. Y los resultados están a la vista.

Quizás lo único que merece ser salvado no es la revolución como estructura de poder, sino el pueblo cubano: su dignidad, su memoria, su capacidad de resistir incluso a quienes dicen hablar en su nombre.

Porque al final, no es la revolución la que necesita defensa. Es Cuba.

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