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Por Albert Fonse ()
Vancouver.- Un padre puede estar convencido de que tiene la razón. Puede creer que su visión del mundo es correcta, que su disciplina es necesaria, que su forma de dirigir el hogar es la adecuada. Hasta ahí, eso entra dentro de la condición humana.
Pero hay una línea que ningún padre que ame de verdad cruza: permitir que sus hijos sufran, pasen hambre o se destruyan lentamente solo para no admitir que necesita cambiar. En el momento en que la convicción pesa más que la vida de los hijos, ya no estamos hablando de firmeza moral, estamos hablando de crueldad.
El régimen se presenta como el “padre” de la nación, como el guía histórico que sabe lo que el pueblo necesita. Hay quienes todavía supuestamente sostienen que actúa por convicción ideológica. Personalmente no creo que sea convicción, creo que es preservación de poder y de privilegios. Pero incluso aceptando, como ejercicio mental, que actuaran por pura convicción, la pregunta sigue en pie: ¿qué padre mantiene una postura si esa postura está asfixiando a sus hijos?
Hoy se están llevando a cabo negociaciones entre la administración Trump y el régimen cubano. Sobre la mesa hay posibilidades de alivios, flexibilizaciones y cambios que podrían traducirse en comida en la mesa, medicinas en los hospitales y menos presión sobre la población. Entonces la pregunta es más directa todavía: ¿qué padre, viendo una salida concreta que puede mejorar la vida de sus hijos, se niega siquiera a dar un paso por miedo a perder control?
Ningún padre amoroso deja a sus hijos sin alimento porque la comida venga de alguien que piensa distinto. Un padre católico no deja que sus hijos pasen hambre, si el pan se lo ofrece un musulmán. Un padre orgulloso no rechaza un tratamiento médico para su hijo solo porque provenga de quien considera su adversario. La vida del hijo está por encima del ego, por encima de la ideología y por encima del orgullo.
Tampoco ningún padre se niega a corregir su carácter si descubre que su rigidez está destruyendo el hogar. Si ve que su dureza provoca miedo, que su obstinación rompe la familia, cambia. No porque pierda autoridad, sino porque entiende que la autoridad verdadera protege, no aplasta.
Este mensaje va dirigido a los pocos que todavía creen que todo se hace por ideales nobles. Si fuera solo convicción, ya habrían demostrado que el bienestar del pueblo está por encima de cualquier dogma.
Si realmente amaran a su nación como un padre ama a sus hijos, habrían cedido en lo necesario para que Cuba respire. Aferrarse al poder mientras el país se vacía y se empobrece no es firmeza, es miedo.
En ese punto queda claro que no estamos frente a un padre que protege, sino ante un régimen que no ve al pueblo como hijos, sino como esclavos, como seres a los que puede exprimir, humillar, encarcelar o torturar sin que eso le quite el sueño, porque para esa estructura el poder vale más que la vida de los cubanos.