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Por Max Astudillo ()
La Habana.- Los cubanos tenemos una cualidad que nos honra y nos condena a partes iguales: somos expertos en especular sobre el futuro antes de que el presente nos dé tregua. Como esos fanáticos del béisbol que discuten si hay que poner a correr al corredor cuando aún no ha llegado a primera base, nosotros ya estamos diseñando la Cuba del mañana sin haber resuelto el problema de hoy.
Hablamos de si seremos estado de Estados Unidos, Estado Libre Asociado como Puerto Rico, o una república independiente, mientras el castrismo sigue en el poder. Discutimos sobre la nueva Constitución, sobre el número de provincias, sobre el modelo económico, como si el partido ya estuviera ganado y solo faltara celebrar.
El fanático del béisbol es un ser fascinante. Con el bateador en la caja de espera, ya está discutiendo si el mánager debe traer al cerrador en la tercera entrada o si el robo de base es la jugada indicada cuando el corredor ni siquiera se ha embasado. Olvida que lo primero, lo único importante en ese instante, es que el bateador pegue un hit, que el corredor llegue a salvo, que el equipo fabrique la primera carrera.
Sin eso, toda la estrategia es humo. Esa misma fiebre especulativa la padecemos los cubanos cuando hablamos del futuro de la isla. Nos llenamos la boca de federalismo, de anexión, de soberanía, mientras la familia Castro sigue gobernando con mano de hierro.
Lo primero, lo único verdaderamente urgente, es sacar a los Castro del poder. A Raúl, a sus hijos, a sus nietos, a toda esa cohorte que ha convertido a Cuba en su finca particular durante sesenta y siete años. Sin ese primer paso, sin ese hit que ponga la mesa, cualquier discusión sobre el futuro es un ejercicio de fantasía.
Porque no se puede diseñar la constitución de un país que aún está secuestrado. No se puede decidir el número de provincias cuando las actuales siguen siendo administradas por los mismos que las han saqueado. Y no se puede hablar de independencia cuando el tirano sigue en el palacio.
Es como discutir si el cerrador debe lanzar recta o slider cuando el equipo contrario todavía no ha puesto un hombre en base. Es perder el tiempo, es energía malgastada, es una forma de evadir la única tarea que importa: ganar el partido.
Y el partido, en Cuba, tiene un nombre muy claro: derrocar a la dictadura. Todo lo demás, todo ese hermoso debate sobre el futuro, solo tiene sentido después de que hayamos conseguido esa primera victoria. Después de que los Castro estén fuera del país o ante un tribunal que los juzgue por sus crímenes.
Cuando eso ocurra, entonces sí, podremos sentarnos a discutir con la calma que da la libertad. Podremos mirar los modelos de otros países, aprender de sus aciertos y errores, diseñar una Cuba que recoja lo mejor de cada experiencia.
Pero esa discusión, por importante que sea, no puede preceder a la acción. No podemos poner el carro delante del caballo. Primero hay que limpiar la casa, luego decorarla. Primero hay que sacar a los okupas, luego discutir los muebles.
Y hay algo que debemos tener muy claro, algo que nos da esperanza incluso en los momentos más oscuros: cualquier futuro sin los Castro será mejor que este presente. Porque no hay modelo económico, por malo que sea, que pueda ser peor que el que hemos sufrido.
No hay constitución, por imperfecta que resulte, que pueda ser más opresiva que la que nos han impuesto. No hay gobierno, por corrupto que llegue a ser, que pueda superar en crueldad a esta dictadura que nos ha robado todo, hasta la capacidad de soñar con un mañana mejor. Por eso, lo primero es ganar el partido. Lo primero es llegar a primera base. Después, ya habrá tiempo para discutir cómo vamos a celebrar la victoria.