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¿Por qué los jóvenes cubanos piensan tan distinto a sus padres?

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Miami.- Porque no heredaron la épica; heredaron el fracaso. Porque no vivieron la Revolución; vivieron sus consecuencias. Y porque una generación puede aguantar consignas, pero no puede vivir eternamente sin futuro.

Hay comentarios que no buscan debatir, sino custodiar el dogma cubano. El del hombre idealista que se levanta cada mañana con un fusil imaginario en la mano y mira por la ventana en busca del enemigo. El de Nelson es una muestra perfecta; belicoso, autosuficiente, convencido de que la Historia con Estados Unidos terminó en 1962 y de que todo lo ocurrido después es culpa exclusiva del “imperialismo yanqui”. Ninguna sorpresa. Es el mismo libreto que el castrismo repite desde hace más de seis décadas.

El problema no es Estados Unidos. El problema es que Cuba decidió quedarse a vivir en el conflicto. Cuba no vive en una confrontación con EE. UU. porque no pueda salir de ella; vive ahí porque le conviene al régimen. El embargo no es solo una sanción externa: es una coartada interna, una justificación perfecta para el fracaso económico, la escasez crónica, la incapacidad para gobernar y la ausencia de libertades. Mientras todo sea culpa del enemigo externo, nadie rinde cuentas dentro.

Cuando Nelson afirma que “Cuba siempre ha estado dispuesta a dialogar, pero sobre la base del más estricto respeto y de igual a igual”, en realidad está diciendo otra cosa: dialogamos solo si el otro acepta nuestra narrativa, nuestras condiciones y no toca la dictadura. Eso no es diálogo; eso es ultimátum.

Vietnam no exigió rendiciones morales ni confesiones históricas.

Negoció intereses, no epopeyas.

Otros argumentos

Luego aparece el argumento geográfico: las famosas 90 millas. Como si la cercanía física fuera el verdadero problema. Canadá está a cero millas, igual que México comparten fronteras. El problema no es la distancia; es la actitud. Vietnam no utilizó su relación con Estados Unidos para exportar un proyecto ideológico regional. Cuba sí. Y aun así, el punto central no es la amenaza externa, sino el miedo interno. Porque una Cuba normalizada sería una Cuba sin excusas. Una Cuba abierta sería una Cuba donde el poder tendría que rendir cuentas. Y eso es exactamente lo que el castrismo, y sus guardianes ideológicos, no están dispuestos a hacer.

Aquí es donde entra la pregunta inicial y la respuesta se vuelve evidente. Los jóvenes cubanos piensan distinto a sus padres porque ya no aceptan vivir dentro del relato. Porque crecieron sin promesas, con apagones, con colas, con salarios simbólicos y con un Estado que exige lealtad pero no ofrece futuro. Porque vieron a sus amigos irse, a sus madres aguantar, y a sus hijos nacer sin horizonte.

Por eso están presos los de El4Tico.

Por eso cumple 14 años de prisión Lisandra Góngora, madre de cinco hijos.

También por eso están presos Maykel Osorbo y Luis Manuel Otero Alcántara.

Por eso más de mil jóvenes cumplen largas condenas desde 2021.

No por pedir invasión, ni por servir a potencia extranjera. Por pedir cambio. El castrismo no está en guerra con el imperialismo. Está en guerra con una generación que dejó de creer.

Los jóvenes quieren escapar de la miseria

Y ahora, permítanme una ironía. Imagino una conversación ficticia —pero muy creíble— entre Marco Rubio y el apodado Cangrejo, nieto de Raúl Castro. Algo así:

—«Mira, muchacho, ustedes pueden seguir repitiendo las consignas de sus abuelos, pero el mundo no va a retroceder para acomodarse a su nostalgia. Y además, eso no les va a durar mucho tiempo; los jóvenes de hoy ya no creen en consignas».

—«O gobiernan para sus hijos… o seguirán gobernando para un pasado que ya no existe y que solo ha traído separación de familias, abandono social y miseria al pueblo cubano».

Tal vez —y repito, tal vez— ha llegado el momento de seguir la intuición de nuestros hijos, en vez de exigirles que sean los continuadores de las tozudeces de sus padres. Porque ninguna nación se salva mirando siempre por el retrovisor. Y Cuba, si quiere tener futuro, tendrá que atreverse a cerrar la guerra que su propio poder se niega a terminar.

Al final, la inmensa mayoría de los jóvenes cubanos no quiere parecerse a Fidel ni a Raúl Castro; quiere escapar de la miseria que ellos dejaron y vivir como viven sus nietos, Raúl Guillermo y Sandro Castro. Y ese contraste es el acta de defunción del relato revolucionario.

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