Por Max Astudillo ()
La Habana.- Hay una fuerza que el castrismo ha sabido utilizar mejor que ninguna otra: el amor de una madre. No el amor de Marta Perdomo, esa mujer que ha plantado cara al régimen con la dignidad de las que no negocian, ni el de Wilber Aguilar Bravo, ese padre que no ha dejado de denunciar la cárcel de su hijo Walnier Luis. Esos son la excepción.
La regla, la inmensa mayoría, son las madres que le piden a sus hijos que no salgan a la calle, que no se metan en problemas, que no se expongan. Porque saben lo que pasa: la celda, el juicio, la condena, la visita cada quince días con un cubo de comida que ya no alcanza. Y así, la familia, que debería ser el motor de la libertad, se convierte en el freno. El miedo no lo pone el régimen, lo pone la madre.
La historia nos ha dejado un espejo en el que deberíamos mirarnos. Mariana Grajales, la madre de Antonio Maceo, no pedía a sus hijos que se escondieran. Al contrario. Cuentan que cuando Maceo llegó herido al campamento donde ella hacía de enfermera, prohibió a las hermanas llorar. Y le dijo al hijo menor: “Y tú, empínate…”.
Esa es la familia que necesitamos. Esa es la familia que fundó una patria. Pero la familia cubana de hoy no es Mariana Grajales. Es una familia que ha sido domesticada por el miedo, moldeada por la represión, educada en la sumisión. El régimen lo sabe y lo aprovecha. Porque no hay policía más efectiva que una madre que le dice a su hijo: “quédate en casa”.
La familia ayuda a perpetuar al régimen
Pero no nos engañemos. No es que las madres cubanas sean menos valientes que Mariana Grajales. Es que el enemigo que tienen enfrente no es el colonialismo español, con sus capitanes generales y sus casacas rojas. Es el castrismo, una bestia más ladina, más sangrienta, más moderna. Una dictadura que ha perfeccionado el arte de la represión durante sesenta y siete años.
Tiene chivatos en cada esquina, policía política en cada barrio, jueces comprados, fiscales que leen sentencias escritas de antemano, y una prensa que le lame las botas. No es lo mismo enfrentarse a un enemigo que te fusila con honores que a uno que te tortura en un calabozo, te encierra quince años y luego te declara culpable en un juicio de farsa. El miedo de las madres no es cobardía, es realismo.
Pero el realismo, a veces, puede convertirse en una prisión más dura que las de Combinado del Este. Porque la familia, cuando se repliega sobre sí misma, cuando elige la seguridad sobre la lucha, está haciendo el trabajo del régimen. Está diciendo: “nos quedamos aquí, esperamos, sobrevivimos”.
Y mientras tanto, los presos políticos siguen en las cárceles, los jóvenes siguen siendo condenados, el país sigue hundiéndose. La familia cubana, con su miedo legítimo, está contribuyendo a perpetuar el sistema que la aterroriza. Es una paradoja cruel, pero real.
No poner frenos
Por eso la pregunta es incómoda: ¿podríamos hacer más? ¿Podríamos las familias, como Mariana Grajales, convertir el miedo en coraje? ¿Podríamos, en lugar de pedir a los hijos que se escondan, decirles que luchen?
No es una pregunta fácil. No se le puede pedir a una madre que mande a su hijo a la cárcel. Pero sí se le puede pedir que no lo detenga. Que no le ponga un freno. Que le diga: “haz lo que tengas que hacer, yo te espero”. Ese es el salto que la familia cubana tiene que dar para que el cambio sea posible.
Al final, la libertad de Cuba no va a llegar solo con los que salen a la calle. Va a llegar también con los que quedan en casa, con los que apoyan, con los que no ponen el pie en el freno. Va a llegar cuando las madres cubanas, como Mariana Grajales, entiendan que el mayor peligro no es que sus hijos vayan a la cárcel, sino que se queden en casa mientras el país se muere.
Y va a llegar cuando la familia, esa institución que el régimen ha usado como dique, se convierta en el cauce. Porque el amor de una madre no tiene por qué ser miedo. Puede ser también, como en Mariana, la más poderosa de las fuerzas. ç
Solo falta que se atreva. Que nos atrevamos todos. Que la familia cubana, de una vez, deje de ser el freno y se convierta en el impulso. La libertad nos está esperando. Y las madres, que lo dieron todo, pueden darlo también.
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