Por Irma Lidia Broek ()
Colonia.- El poder siempre prefiere al delincuente común antes que al preso político. Porque el ladrón o el asesino no amenaza el trono; el disidente que piensa, que cuestiona, que dice la verdad… sí. Ese es el verdadero peligro existencial.
Hay historias que trascienden el tiempo porque desnudan una verdad incómoda sobre el poder humano. Una de ellas es la de Barrabás, el preso que la multitud eligió liberar en lugar de Jesús. Los evangelios lo describen como un delincuente común: participante en un motín con homicidio (Marcos y Lucas), bandolero (Juan) o simplemente «un preso famoso» (Mateo). Pilato, según la tradición pascual, ofreció a la gente escoger a quién indultar. La multitud manipulada, presionada o simplemente asustada gritó: «¡Barrabás!». Y el inocente fue crucificado. Esta escena no es solo un relato religioso. Es una metáfora perfecta y dolorosamente actual de cómo funcionan los regímenes autoritarios.
En la Cuba del régimen castrista, esta dinámica se vive cada día. Los presos políticos —los que se atreven a disentir, a protestar pacíficamente o a exigir libertad— son tratados con un ensañamiento especial. Se les insulta, se les aísla, se les niega atención médica, se les humilla públicamente. Mientras tanto, los delincuentes comunes (ladrones y asesinos) reciben un trato distinto: a veces se les libera antes, a veces se les usa como contraste para decir «miren, estos son los verdaderos criminales», y en las prisiones se les permite incluso ejercer control sobre los políticos.
Es la misma inversión moral de Pilato: se libera (o se tolera) a Barrabás porque no cuestiona el dogma oficial. El preso político, en cambio, es crucificado lentamente porque su sola existencia deslegitima el sistema.
El preso común no es un peligro, dicen
Esta no es una anomalía cubana. Es un clásico del autoritarismo, repetido con precisión quirúrgica en regímenes de todos los colores ideológicos. En la Unión Soviética, los presos políticos («enemigos del pueblo», artículo 58) eran tratados peor que los criminales comunes (los urki o blatnye) en los gulags. Estos últimos tenían privilegios, mejores raciones y libertad para robar, golpear y matar a los disidentes mientras los guardias miraban para otro lado.
Aleksandr Solzhenitsyn lo documentó con crudeza: el régimen consideraba a los delincuentes «socialmente cercanos»; al que pensaba diferente, lo veía como la verdadera amenaza.
En la Alemania nazi, los presos recibían triángulos de colores en los campos. Rojo para políticos (opositores, comunistas, testigos de Jehová). Verde para criminales comunes. Los de triángulo verde eran frecuentemente nombrados kapos (capataces) y gozaban de poder para vigilar y torturar a los políticos. El mensaje era clarísimo: el disidente ideológico es el enemigo principal; el criminal «de a pie» puede ser útil.
En la Venezuela de Nicolás Maduro, los presos políticos eran encerrados en condiciones infrahumanas, torturados y aislados, según han documentado Foro Penal y Human Rights Watch. Los delincuentes comunes, en cambio, fueron cooptados como fuerza auxiliar (colectivos, pranes en cárceles) o simplemente tolerados porque no desafiaban el control total del poder. El mismo guion se repite en China, Birmania, Irán y Corea del Norte.
El autoritarismo no persigue la justicia; persigue la supervivencia
En cada caso, el régimen invierte la escala de peligrosidad. El que roba o mata a una persona es menos peligroso que el que «roba» legitimidad al poder o «mata» la mentira oficial. Es cálculo puro: usar al delincuente como herramienta de control y al disidente como chivo expiatorio.
Porque el autoritarismo no persigue la justicia; persigue la supervivencia. Necesita mantener la ficción de que solo reprime a «delincuentes». Necesita desmoralizar a la oposición mostrándola como «peor» que la delincuencia común. Y necesita cooptar a los Barrabás de turno para que hagan el trabajo sucio dentro de las prisiones.
Esto no es solo una comparación bíblica. Es un análisis profundo y certero de la naturaleza del poder cuando se vuelve absoluto. Duele verlo, sí. Pero nombrarlo es el primer paso para desarmarlo.
Ojalá llegue el día, y ojalá sea pronto, en que ninguna sociedad vuelva a elegir a Barrabás por miedo, por manipulación o por costumbre. Ojalá prevalezca la verdad sobre la cruz que quieren imponer a quienes solo piden libertad. Porque al final, como ocurrió con Jesús, la historia siempre termina juzgando a quienes prefirieron al criminal antes que al justo. Y esa historia, tarde o temprano, se escribe con la tinta de la dignidad humana.
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