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Por Javier Bobadilla ()

La Habana.- Por primera vez, el frío llega a la congelación en Cuba; el dólar se estabiliza justo antes de llegar a 500, y parecía que el cadáver se iba a acabar de morir en el año de su centenario. Solo que no… todavía.

Abril es el mes más cruel, porque engendra lilas de la tierra muerta. En noviembre hay elecciones, y todo tiene que lucir bajo control. Los muertos enterraron a sus muertos, pero el Muerto Grande camina aún. La carne se cae a pedazos; el vómito negro le corre por el pecho. En la cara, las cuencas vacías no ven el camino. Se mueve a tientas, sin rumbo fijo. Ni el dolor ni el asco le importan. Sueña que vive. Sueña que lo adoran. Es un monstruo grande y aún pisa fuerte, pero arrastra las entrañas putrefactas.

Mi madre tiene pesadillas. Se corre la voz: se cayó, se fueron, se terminó. La gente sale a la calle a festejar, pero todo es una trampa. Como en una emboscada, hay soldados de negro, armados. Aparecen por sorpresa y disparan a la gente, arrasando por oleadas como quien siega un campo de hierba. Es una limpieza más que una masacre. Mi madre se despierta casi llorando. Quizá en el sueño estamos mi padrastro y yo. Quizá ha sido demasiada política, demasiado cambio anunciado.

Puede que pronto liberen a los presos políticos. Nadie sabe cuántos o a cuáles. Lo dicen las malas lenguas, que nunca se saben el cuento completo. Tampoco se sabe el formato de la liberación, pero no hace falta. Todos sabemos que sobre cada preso que ha «salido» —que no es lo mismo que «ser liberado»— pende una espada. La libertad no es real. Con ellos, nada es real. Dicen en el noticiero que están dispuestos a negociar, pero que la Constitución, el socialismo y el modelo económico no están sobre la mesa de negociaciones. Como si alguien fuera a negociar otra cosa. Como si el cadáver andante tuviera alguna carne que ofrecer que no fuera carroña. Como si decapitarlo ahora mismo no fuera un acto de piedad.

La corta memoria de los pueblos

Dicen también que Alejandro Castro Espín fue a México a negociar una salida. Las malas lenguas hablan mucho. El problema es que, cuando llegue la hora de negociar de verdad, se van a equivocar. Batista fue el único inteligente. Ellos no. Ellos querrán garantizar una posición que les asegure poder volver cuando pase la tormenta. ¿Cuatro años de Trump? ¿Ocho más de Marco Rubio o J.D. Vance?

El hijo del dictador Ferdinand Marcos esperó cinco años antes de poder volver a Filipinas; después esperó 18 hasta la muerte de Corazón Aquino —que era la que no se dejaba engañar—, y 13 más para ser presidente. Treinta y seis años para volver al poder. Hay que reconocer que es persistente. Ahora está a mitad de mandato y, por supuesto, su padre no hizo nada de lo que hizo. No hay disculpas que pedir; eso son cuentos de la oposición.

El tiempo pasa. Los jóvenes se sorprenden cuando tú les dices que aquí había dos canales de televisión que se acababan a las 12, y que cualquier día El Bárbaro se mandaba un discurso desde las ocho hasta que se acabara, por los dos canales. Si les dices que hubo a quien lo fusilaron contra una pared porque le caía mal a alguien, te miran como si estuvieras loco.

La memoria de los pueblos es corta. Alejandro lo sabe. Trump quiere ir a los libros. Marco Rubio quiere ser presidente. Yo quiero vivir y morir libre. ¿Tú qué quieres?

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