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Por Max Astudillo ()

La Habana.- Hay noticias que, aunque parezcan lejanas, traen ecos de campanas fúnebres para el régimen cubano. Una tregua en Oriente Medio, un acuerdo entre EEUU e Irán, cualquier atisbo de paz en esa región convulsa, es música celestial para los oídos de Washington y un tiro de gracia en la nuca de La Habana. Porque si hay alguien a quien no le conviene la calma en el golfo Pérsico, es a esta dinastía de déspotas que gobierna Cuba, la que nació en Birán.

Mientras el mundo arda en otros lares, Trump tiene excusa para mirar hacia otro lado. Pero apáguese ese incendio, aunque sea a medias, y el presidente americano se acordará de los cubanos. Recordará las promesas, los discursos, los compromisos. Y entonces, sí, enfilirá la mirada —y quizás los cañones— hacia esta isla que ya no le sirve ni como ficha de ajedrez. La paz en Oriente Medio es el preludio del fin del comunismo en Cuba.

Sin distracciones

El régimen lo sabe. Por eso sus voceros, esos zombies de la Mesa Redonda, repiten que no temen a Trump, que están preparados, que bla bla bla. Mienten. Saben que sin el telón de humo de otros conflictos, sin guerras que distraigan al gigante del norte, quedan desnudos. Trump no necesitará levantar un solo avión. Le bastará con apretar el torniquete, con cerrar el grifo de las remesas, con prohibirle a los turistas americanos pisar esta cárcel a cielo abierto. El castrismo caerá por asfixia, no por invasión.

Los que todavía defienden este cadáver ambulante son cada vez menos. Los cubanos de a pie, los que hacen cola por un pomo de leche, los que viven sin luz ni agua, esos ya entendieron la jugada: esto nunca fue socialismo, fue un negocio familiar. Un sistema diseñado para que viva bien el que lleve el apellido Castro o sea descendiente de esa estirpe de tiranos nacida en Birán. Y los militarotes, los dirigentes de cierto nivel, esos que explotan sus cargos como los colonizadores españoles explotaban a los indios mediante encomiendas.

El miedo de los que se ahogan

Pero antes de que llegue el corre corre, antes de que unos huyan hacia Europa y el resto se esconda debajo de las piedras, pueden pasar muchas cosas feas. Los que tienen el poder no lo soltarán con elegancia. Acusarán, encarcelarán, fusilarán si hace falta. Al castrismo jamás le ha temblado la mano con las vidas ajenas. Han matado, han reprimido, han desaparecido. Y cuando se vean acorralados, matarán más.

Lo peor es que tienen miedo. Un miedo visceral, de esos que te hacen cagar encima. Saben que se están ahogando, que el agua les llega al cuello. Y los que alguna vez trabajamos en salvamento sabemos que alguien a punto de ahogarse es capaz de arrastrar al fondo a los que tiene cerca. Son peligrosos ahora, pero lo serán más cuando entiendan que no hay salida.

La buena noticia

Pero hay luz al final del túnel. La paz chicha en Oriente Medio es el primer clavo en el ataúd del comunismo cubano. Sin distracciones, sin excusas, sin el embargo como chivo expiatorio, la tiranía queda sola frente al espejo de su propia podredumbre. Trump lo sabe. Los cubanos también.

El fin se acerca. Y cuando llegue, no habrá lágrimas suficientes para llorar a los verdugos.

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