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La niña que creía que solo podía usar un pedacito

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Santa Cruz de tenerife.- En el año 1980 u 81, no sé, yo tenía 7 u 8 años (por mis dudas debo usar esa fea ‘u’) el gobierno cubano autorizó que los cubanos que habían emigrado del país, pudieran entrar de nuevo a ver a sus familiares.

Yo tenía un tío, hermano de mi padre, ya fallecido (epd), que se había ido a Miami en 1963.

Durante todos esos años, la comunicación era mínima, no solo porque las llamadas telefónicas eran carísimas (y debían pagarlas solo los de «allá») como porque los que vivíamos dentro de Cuba podíamos sufrir discriminación social y laboral si manteníamos relaciones con quienes se habían ido. Las familias quedaron mortalmente divididas.

Los emigrantes siempre fueron, fuimos, somos, el «enemigo», menos ahora que, caídos los sucesivos suministradores soviéticos y venezolanos, quieren vivir a nuestra cuenta.

El caso es que mi tío vino en uno de esos viajes de la «comunidad». Uno de esos eufemismos que los comunistas usan para nombrarlo todo al revés de lo que es.

Y trajo consigo alguna pacotilla que deslumbraba a una niña criada en las escasez revolucionaria: como pasta de dientes que tenía rayitas de colores o un pomo de peptobismol rosado que estuvo meses en la puerta del refrigerador y a mí me lucía bello como una golosina o como una muñeca barbie.

Y también trajo, sepan ustedes, ese símbolo absoluto del lujo materialista del capitalismo: papel higiénico.

Un papel higiénico suavecito, oloroso (Oh! ¡Cómo huelen de bien en Cuba las maletas que llegan del extranjero!) y que tenía algo que me llamó poderosamente la atención: unas divisiones preconfiguradas, precortadas, cada cierto pedacito.

La niña comunista de 7 años que yo era, creía… que solo podía usar uno solo de esos pequeños pedacitos cada vez.

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