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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- Hay frases que no resisten el más mínimo contacto con la realidad. Y luego están aquellas que, por su nivel de desconexión, no solo irritan: revelan una ceguera ideológica profunda. Cuando Pablo Iglesias se pregunta con tono desafiante “¿por qué le temen a la revolución?”, no está planteando una duda legítima, sino exhibiendo una peligrosa ignorancia —o peor aún, una complicidad consciente con el fracaso.

Porque la historia no es un terreno de consignas, es un tribunal de hechos. Y en ese tribunal, la llamada “revolución” que Iglesias romantiza ha sido juzgada con severidad una y otra vez. El caso cubano no es una excepción: Es una sentencia firme.

Tras más de seis décadas de experimento comunista, el balance de Cuba es demoledor. Un país que alguna vez tuvo infraestructura funcional, capacidad productiva y una economía en desarrollo, ha sido reducido a la escasez crónica. No se trata de propaganda: se trata de la imposibilidad cotidiana de acceder a bienes básicos, desde alimentos hasta productos tan elementales como el papel higiénico. La industria nacional ha sido prácticamente aniquilada; la agricultura, incapaz de sostener a su propio pueblo; y la dependencia del exterior, absoluta.

¿A esto le llaman “triunfo de la revolución”?

La pregunta de Iglesias no solo es torpe: es ofensiva para millones de cubanos que han vivido —y sobreviven— bajo ese sistema. ¿Temer a la revolución? No. Lo que existe es memoria histórica. Se teme a la miseria institucionalizada, a la represión del pensamiento, al desmantelamiento de la dignidad humana en nombre de una utopía que jamás se materializa.

Porque el problema no es retórico, es estructural. El comunismo, allá donde se ha aplicado con rigor, ha demostrado una incapacidad sistemática para generar riqueza, sostener libertades o preservar la iniciativa individual. Lo que sí ha producido con notable eficiencia es control, pobreza y dependencia.

Y resulta particularmente revelador que estas defensas de la “revolución” provengan de figuras que jamás han tenido que vivir sus consecuencias. Desde la comodidad de estudios de televisión o escaños políticos, se construye un discurso romántico que se desmorona en cuanto pisa la realidad de La Habana, Caracas o Managua. Es el comunismo de salón: una ideología que seduce en teoría, pero que devasta en la práctica.

Cuba es el símbolo doloroso… equivocado

En España, donde Iglesias ha intentado capitalizar ese discurso, el desencanto no ha sido casual. No es que “nadie lo quiera” por capricho; es que sus planteamientos chocan con una sociedad que, con todos sus problemas, ha conocido las ventajas de la democracia, la alternancia y la economía abierta. Defender modelos fracasados no es rebeldía intelectual: es una forma de regresión.

Conviene entonces responder con claridad: no se teme a la revolución; se rechaza su historial. No se combate una idea por prejuicio, sino por evidencia acumulada. Y en esa evidencia, Cuba se erige como símbolo doloroso de lo que ocurre cuando la ideología suplanta a la realidad.

Lo verdaderamente alarmante no es que existan discursos como el de Iglesias. Lo preocupante es que todavía encuentren eco. Porque cada vez que se ignoran las lecciones de la historia, se abre la puerta a repetirlas.

Y en ese sentido, la pregunta no debería ser por qué se teme a la revolución, sino cómo todavía hay quienes, frente a ruinas evidentes, se atreven a llamarla esperanza.

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