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Otro show de Canel antes de llegar a China

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Por redacción Nacional

La Habana.- El castrismo necesita siempre un espejo donde mirarse para convencerse de que su ruina no es tan absoluta. Ahora le toca a Vietnam ser ese espejo, y Díaz-Canel viajará a Hanoi con el disfraz de estadista que nadie en la isla le compra. Los diplomáticos vietnamitas recitan frases de Ho Chi Minh, recuerdan a Fidel Castro y hablan de una hermandad “ejemplar, pura y leal”, mientras en Cuba la gente hace colas interminables para conseguir un paquete de arroz. No hay hermandad que valga cuando el pueblo sobrevive a base de remiendos.

Dicen que “ambas naciones han caminado juntas a lo largo de los altibajos de la historia”. Cierto: las dos conocieron la guerra y la miseria. Solo que Vietnam aprendió a levantar su economía y hoy produce lo suficiente para alimentar a su pueblo. Cuba, en cambio, sigue empantanada en el socialismo obsoleto que convirtió a la isla en un páramo de hambre y apagones. No es solidaridad lo que busca Díaz-Canel en Hanoi: es arroz, maíz y alguna línea de crédito que prolongue el desastre.

El vicecanciller Dang Hoang Giang celebra los 65 años de relaciones diplomáticas como si fueran una medalla olímpica. Pero esos años solo han servido para sostener un intercambio desigual: Cuba exporta retórica y recibe migajas. Se habla de proyectos en la agricultura y en la seguridad alimentaria, pero ¿dónde están los resultados? El cubano de a pie no los ve. La seguridad alimentaria de la que presumen no llega a la mesa de ningún hogar en Marianao ni en Bayamo.

La misma película de siempre

Lo cierto es que cada visita de Díaz-Canel a un país amigo se convierte en la misma película de siempre. Se firman acuerdos, se reparten sonrisas, se pronuncian discursos llenos de frases huecas, y al regreso lo único que cambia es la tasa del dólar en el mercado negro. La isla sigue apagada, las farmacias vacías, los hospitales sin suturas y los campesinos sin fertilizantes. Ni Moscú, ni Pekín, ni Ankara, ni ahora Hanoi han podido salvar del abismo a un gobierno que vive del show diplomático y no de soluciones reales.

Hablan de intercambios culturales, de solidaridad de los pueblos y de confianza política mutua. ¿De qué confianza hablan? El pueblo cubano no confía en sus dirigentes, los culpa. Los vietnamitas, en su campaña “65 años de afecto Vietnam–Cuba”, pueden mandar sacos de arroz y levantar pancartas, pero no hay afecto que cure la represión ni hermandad que apague 20 horas de apagón. Lo que sostiene esa relación no es la fraternidad: es el oportunismo de una dictadura que no sabe a quién más pedirle limosna.

Vietnam puede sentirse orgulloso de haber tendido una mano al pueblo cubano, pero que no se engañe: la mano que aprieta con fuerza esa ayuda es la del régimen, que se aferra a la diplomacia para seguir respirando. Díaz-Canel viajará a Hanoi antes de llegar a China, una gira mendicante y regresará a La Habana con las mismas promesas de siempre.

Mientras tanto, el cubano común seguirá en la oscuridad, esperando un milagro que no vendrá ni de Vietnam, ni de China, ni de ningún otro aliado de conveniencia.

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