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Por Yeison Derulo
La Habana.- El gobierno de México anunció el envío de un nuevo cargamento de ayuda humanitaria a Cuba. Dos buques de la Armada mexicana, el Papaloapan y el Huasteco, zarparon desde el puerto de Veracruz con 1.193 toneladas de víveres: frijoles, leche en polvo y otros alimentos básicos. Además, 23 toneladas fueron donadas directamente por ciudadanos mexicanos en un centro de acopio instalado en el Zócalo. El gesto solidario del pueblo mexicano es innegable. Lo que sí merece cuestionamiento es el destino final de esa ayuda una vez toque puerto cubano.
Porque cada vez que arriba un barco cargado de solidaridad, el régimen castrista monta su espectáculo habitual: fotos, consignas y agradecimientos oficiales. Pero la realidad en los barrios de Centro Habana, Santiago o Guantánamo sigue siendo la misma.
La libreta de abastecimiento continúa vacía, las colas no disminuyen y la leche sigue siendo un privilegio para unos pocos. La pregunta es inevitable: ¿cuánto de esas 1.193 toneladas llegará realmente al cubano de a pie y cuánto se perderá en el laberinto de almacenes militares, tiendas en divisas y redes de control político?
La dictadura cubana ha convertido la escasez en un mecanismo de dominación. No produce, no incentiva, no libera fuerzas productivas, pero sobrevive gracias a la caridad internacional. Mientras México envía frijoles, el aparato represivo mantiene encarcelados a cientos de presos políticos y el discurso oficial insiste en culpar al embargo estadounidense de todos los males. Sin embargo, ningún embargo obliga a prohibir la iniciativa privada, a asfixiar al campesino o a centralizar hasta el último saco de arroz que entra al país.
Lo más doloroso es que esta ayuda, que debería aliviar temporalmente la crisis, termina siendo oxígeno político para una élite que no pasa hambre. Los jerarcas del Partido no hacen colas bajo el sol, no cocinan con carbón ni dependen de una bolsa de leche en polvo donada. Ellos tienen acceso a mercados exclusivos, combustible asegurado y mesas servidas. El cubano común, en cambio, recibe migajas y agradece lo que en cualquier nación funcional sería lo mínimo indispensable.
México cumple con un acto humanitario; el pueblo mexicano demuestra nobleza, sí. Pero la tragedia cubana no se resuelve con barcos cargados de frijoles. Se resolverá el día en que caiga la dictadura que ha llevado a la isla a depender de donaciones para alimentar a su gente. Mientras el sistema siga intacto, cada buque que llegue será apenas un parche sobre una herida que no deja de supurar.