
El silencio cómplice de la ONU: el hambre cubana no está en su agenda
Por Anette Espinosa
La Habana.- La ONU se ha alarmado. Otra vez. Esta vez es Somalia. La sequía amenaza a dos millones de personas. Y está bien que se alarme, que movilice recursos, que pida ayuda internacional. Es su trabajo. Es lo que debe hacer.
Pero la pregunta que nadie se atreve a hacer en los salones de la Asamblea General es simple: ¿por qué la misma alarma no suena para Cuba? Porque en Cuba no hay sequía. En Cuba hay algo peor. Hay un régimen que ha convertido el hambre en política de Estado. Hay once millones de personas que sobreviven como pueden, haciendo colas interminables, comiendo lo que la naturaleza no les niega pero el gobierno sí.
La UNICEF, la FAO, todos esos organismos internacionales que tanto se preocupan por la desnutrición infantil en África, en Asia, en América Latina, miran hacia otro lado cuando se trata de Cuba. Los niños cubanos van a la escuela sin desayunar. Se acuestan sin cenar. Crecen con el estómago vacío y la esperanza llena de promesas incumplidas.
Pero eso no sale en los informes. No aparece en las estadísticas. Porque los mismos organismos que exigen transparencia a otros países se tragan el discurso oficial del castrismo: «En Cuba nada es más importante que un niño». Mentira. «La salud es gratuita». Mentira. «La educación también». Mentira. «Todos tenemos garantizada la alimentación». La mayor mentira de todas.
¿Por qué la complicidad con el castrismo?
¿Por qué este silencio cómplice? Porque el régimen cubano ha sido un maestro en el arte de la propaganda. Ha logrado que el mundo vea lo que quiere que vea: médicos en África, alfabetización, escuelas, estadísticas infladas. Pero oculta lo que duele: hospitales sin anestesia, farmacias vacías, niños que desmayan en las aulas porque no han comido.
La ONU, la UNICEF, la FAO, todos ellos han sido cómplices de esta farsa. Han aceptado las migajas que el régimen les ha ofrecido y han callado lo esencial. Porque denunciar al castrismo sería incomodar a los poderosos, sería cuestionar a los aliados, sería romper el silencio.
Leer acá lo que dice la ONU sobre el hambre en Somalia: (https://efe.com/mundo/2026-04-08/onu-alerta-somalia-hambre-aguda-sequia/)
El hambre en Cuba no es un accidente. No es una sequía. No es un fenómeno natural. Es una decisión política. Es la consecuencia de décadas de control estatal sobre la producción y la comercialización de alimentos. Es el resultado de un modelo que ha priorizado la propaganda sobre la productividad, las misiones internacionales sobre la agricultura local, el prestigio exterior sobre la comida en la mesa.
Y mientras tanto, los organismos internacionales fingen no verlo. Les preocupa Somalia, les preocupa Gaza, les preocupa Ucrania. Pero Cuba, esa isla donde el hambre es crónica y la desnutrición infantil es un secreto a voces, no merece ni una línea en sus informes.
El tiempo de la mentira llega a su fin
Por suerte, el tiempo se acaba. La mentira, por más que la cuiden, tiene fecha de caducidad. Y la del castrismo está a punto de vencer. Cuando el régimen caiga, cuando los cubanos podamos contar nuestra historia sin miedo, entonces el mundo sabrá.
Sabrá de los niños que se acostaron sin cenar. Sabrá de las madres que vieron a sus hijos desmayarse en la escuela. De los ancianos que murieron esperando una comida que nunca llegó. Y entonces, la ONU, la UNICEF, la FAO, todos esos organismos que hoy callan, tendrán que explicar por qué miraron hacia otro lado.
¿Por qué no hicieron lo mismo por Cuba que hicieron por Somalia? ¿Por qué el hambre cubana no merecía su atención? La respuesta, me temo, no les dejará en buen lugar. Pero esa es otra historia. Una que nosotros, los cubanos, nos encargaremos de contar. Con nombres, con fechas, con pruebas. Y entonces, el silencio cómplice de la comunidad internacional quedará al descubierto. Para siempre.



