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Por Sergio Barbán Cardero ()
Miami.- China ha sido el país “comunista” más favorecido por Estados Unidos. Desde la apertura económica iniciada por Deng Xiaoping en los años 80, y especialmente con su entrada en la Organización Mundial del Comercio en 2001 (con el respaldo crucial de EE. UU.), el país asiático ha recibido enormes inversiones extranjeras, transferencia de tecnología y acceso privilegiado al mercado estadounidense.
Esto formó parte de una estrategia occidental (quizás ingenua) que asumía que la integración económica conduciría a una apertura política.
Sin embargo, China ha socavado la misma democracia que facilitó su ascenso. Promueve un modelo autoritario alternativo al occidental, ejerciendo su influencia en organismos internacionales, condicionando el comercio al silencio político, y controlando sectores clave mediante tecnología.
Más que exportar el comunismo clásico, China impulsa un modelo tecnocrático autoritario, en el que el Estado, sin contrapesos, restringe las libertades y explota laboralmente a su población. De ahí proviene buena parte de su eficiencia económica. No se trata de marxismo puro, sino de un severo “capitalismo de Estado” con un partido único.
Otra puñalada por la espalda: según reportes recientes, incluidos los del gobierno de EEUU, China ha establecido instalaciones de inteligencia en Cuba (como en Bejucal) y ha incrementado su presencia en Venezuela y Nicaragua.
Aunque Beijing suele negar estas acusaciones, sus alianzas estratégicas con estos regímenes autoritarios apuntan en esa dirección.
Su influencia política y económica en países de Occidente también es preocupante. A través de préstamos, comercio, infraestructura (como la Iniciativa de la Franja y la Ruta) y poder tecnológico, China ha ganado terreno en África, América Latina, Asia y Europa. Muchas democracias han terminado endeudadas o tecnológicamente dependientes.
A esto se suma el espionaje industrial, las adquisiciones encubiertas y la transferencia forzada de tecnología, con lo cual China ha accedido ilegalmente a desarrollos estratégicos occidentales en sectores como defensa, inteligencia artificial, telecomunicaciones y biotecnología.
Mi abuelo diría: “Ha mordido la mano de quien le dio de comer”. Y no le faltaría razón. Estados Unidos creyó que favorecer el crecimiento chino traería una nación más cooperativa con el orden internacional liberal. En cambio, ha emergido un competidor estratégico decidido a socavar ese mismo orden.
He entrecomillado el término “comunista” porque, en lo económico, China ya no lo es en sentido clásico. Es, más bien, una dictadura con economía de mercado, férreamente controlada por un partido único.