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Por Eduardo González Rodríguez ()
Santa Clara.- No sé si alguien en el gobierno sabe que está lidiando con un pueblo enfermo. Ni siquiera sé si los enfermos saben que están enfermos, pero hay un síntoma que, sin dudas, lo demuestra: el desinterés, la apatía, la desconfianza, la incredulidad y, sobre todo, la resignación.
De tanto escuchar que no le importamos a nadie, que decir, o criticar, cualquier cosa, es por gusto porque no cambiará nada, de tanto limitar el derecho que tiene cada individuo a expresar su realidad diaria, su agonía diaria, hemos caído en una modorra social que nos está matando paso a paso.
Los apagones que sufrimos hace años, y que desde hace rato dejaron de ser una simple molestia para convertirse en una tortura en toda la expresión de la palabra, han desbaratado la estructura mental de muchísimos cubanos. En todas las familias hay un anciano, un niño, un enfermo, alguien con Alzheimer, alguien encamado, alguien con cáncer, en fin, alguien que necesita de cuidados especiales, que necesita un trato diferenciado, y eso es imposible cuando los cortes eléctricos son una constante. Para no hablar de que es casi imposible cumplir con los compromisos de trabajo.
Lo que ha llevado al pueblo esa actitud de resignación enfermiza, es que en los noticieros, reportes, desmentidos, informes de última hora y reuniones de alto nivel, todo parece estar bien. Y cuando algo está bien, no necesita cambios.
«A mi no me importan los apagones», dice uno. Y otro que a él no le mosletan. Es un absurdo. Es un síntoma grave de deterioro humano.
El que juzga desde arriba, con energía, transporte, alimentación, liquidez económica y con derecho total sobre el destino del pueblo, puede ver todo color de rosa, pero el de abajo no. Y como el de abajo tiene más miedo que hambre, más susto que miseria, se recoge como un caracol y piensa que hay que dejárselo todo al tiempo. Y el tiempo hace lo mejor que sabe hacer, matar al que espera que los otros resuelvan sus problemas.
Es del carajo ver cómo se hecha a perder la leche de tu hijo y la comida que compraste a precio de Dubai. Es del carajo no poder dormir las horas que, según los protocolos de salud, debe dormir un individuo. Es del carajo no poder trabajar a full de máquina para ganarte la miseria de dinero que mantiene a tu familia en la miseria, pero vivos. Es del carajo todo, hermanos.
Lo peor es que nadie ofrece respuestas, como si la falta de electricidad no fuera, de por sí, un gravísimo problema que se suma a los gravísimos problemas que ya se han instituidos como una tradición y que la gente soporta porque no le queda más remedio. No, no es resistencia. Es resignación, miedo y dos barcos de impotencia.
Y, por favor, no me hablen de bloqueo. Saber manejarlo, buscar alternativas, idear estrategias que le permitan al pueblo vivir como personas decentes, es una responsabilidad del estado. De nadie más. Pero parecen disfrutar cada triunfo en Naciones Unidas (una organización que no sirve para nada) como si ese triunfo detuviera la pobreza.
Un poco de ética en materia de información no vendría nada mal. El pueblo cubano lo exige y lo merece. Todavía somos seres humanos. Estresados, es verdad. Pero seres humanos.
Estamos viviendo días terribles.