Newsletter Subscribe
Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Por Max Astudillo ()
La Habana.- En el teatro del absurdo que es la política cubana, se ha levantado el telón de un nuevo acto: la negativa pública del títere designado, Miguel Díaz-Canel, sobre conversaciones con Estados Unidos, frente a la afirmación contundente de Donald Trump de que sí las hay.
La pregunta no es quién miente, porque en ese escenario ambos pueden estar haciendo su juego; la pregunta real es: ¿a quién le conviene más la mentira en este preciso instante?
Para Díaz-Canel, negar es un reflejo de supervivencia, la única moneda de cambio que le queda para aparentar una autoridad que nunca ha tenido. Para Trump, afirmar es un movimiento de presión, un recordatorio a La Habana de que Washington conoce el tablero mejor que sus propios peones.
Analizar esto desde la lógica de la palabra de Díaz-Canel es un ejercicio inútil. Su trayectoria es un catálogo de consignas vacías y lealtades forzadas. Es el hombre que felicitó públicamente a su amigo y exministro de Economía, Alejandro Gil, cuando este ya estaba preso y casi condenado por el mismo poder que Díaz-Canel supuestamente encabeza.
Este episodio no fue un desliz, fue la lección perfecta: es el rostro visible de una estructura que lo mantiene en la oscuridad hasta el último segundo, útil para sonreír en la derrota ajena y para cargar con la culpa de decisiones que otros toman en salas a las que él no tiene acceso. Su negativa podría ser, simplemente, la prueba más fehaciente de que está fuera del círculo de confianza donde se cuecen los auténticos acuerdos.
Entonces, si la conversación existe, ¿quiénes están al otro lado del teléfono o de la mesa de diálogo? La historia reciente y el manual operativo de la dinastía Castro señalan una dirección clara: la familia. La única negociación que importa en Cuba es la que involucra a Raúl Castro, a su hijo Alejandro —general y jefe en la sombra de la seguridad del Estado—, y posiblemente a su nieto Raúl Guillermo, parte de la nueva generación que custodia el legado.
Ellos son el núcleo duro, el Politburó familiar donde se decide el destino de la nación. Recordemos el caso del excanciller Felipe Pérez Roque, quien, tras su caída en desgracia, le reclamó a Raúl que no lo había advertido. La respuesta del general fue glacial y reveladora: le preguntó si acaso consideraba poco que le hubiera enviado a un «coronel del MININT» para hablar con él. Ese coronel era su hijo Alejandro. La advertencia no viene con documentos, viene con un enviado de sangre. Esa es la confianza que existe, y es un club exclusivo.
En este contexto, es totalmente plausible, incluso probable, que Díaz-Canel no solo esté fuera de la negociación, sino que se haya convertido en la moneda de cambio ideal para un posible acuerdo. Para los Castro, él es el chivo expiatorio perfecto: un civil sin linaje revolucionario, asociado al fracaso económico y a la represión más impopular.
¿Serían capaces de entregar su cabeza en bandeja de plata a cambio de garantías para su salida tranquila hacia un refugio dorado en Rusia, Turquía, Italia o España? La pregunta casi se responde sola. La supervivencia del clan ha sido su única ideología constante durante seis décadas. Han sacrificado países enteros, lealtades y hasta sectores de su propio partido. Un presidente designado es, en esa ecuación, un activo desechable de bajo costo y alto rendimiento simbólico.
El silencio de Raúl Castro es, en este momento, más elocuente que cualquier discurso. No advierte al «pueblo», ni siquiera a la nomenclatura intermedia. Solo habla, si es que lo hace, en el entorno familiar que es su único universo de confianza.
Este patrón —el mismo que dejó a Díaz-Canel saludando a un preso y a un excanciller recibiendo lecciones a través de un enviado familiar— es el que define la crisis actual. Mientras el presidente niega, el poder real podría estar ya empaquetando maletas y negociando los términos de una transición que excluya, por primera vez, a la familia del epicentro del castigo.
Por lo tanto, la disyuntiva pública entre Trump y Díaz-Canel es una cortina de humo. La verdadera negociación, si existe, es muda y ocurre en otra parte. No se trata de creerle a uno u otro, sino de entender que el hombre que habla en La Habana probablemente no sabe de qué está hablando, y el que calla en su residencia de La Rinconada podría estar ya firmando, a través de sus herederos, el acta que determine el final de esta farsa.
La pregunta ya no es si hay conversaciones, sino quiénes, en la sombra, están decidiendo el precio de la salida y quién, en la luz, será ofrecido como pago.
Raúl Castro sabía que tendría sobre sus hombros las decisiones más difíciles, por esa razón dijo más de una vez que él debió morir antes que el criminal de su hermano. Tampoco olvidemos eso.