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Nadie cree en la prensa cubana

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Por Oscar Durán

La Habana.- No puedo dejar pasar por alto el mal llamado día de la prensa cubana. Discursos, consignas, homenajes y un desfile de periodistas obedientes que repiten, como loros disciplinados, la misma cantaleta de siempre, pero si uno mira con calma lo que realmente es la prensa en Cuba, la celebración se parece más a un velorio que a una fiesta.

Y no exagero.

La prensa cubana es, probablemente, uno de los experimentos más tristes del periodismo moderno: un sistema donde el periodista no investiga, no cuestiona y, sobre todo, no molesta al poder. Su función es otra: maquillar la desgracia.

Un periodismo que no informa

En cualquier país medianamente normal, el periodismo sirve para explicar la realidad. En Cuba ocurre exactamente lo contrario: sirve para esconderla.

Mientras el país vive apagones interminables, hospitales sin medicamentos y una emigración masiva que ya parece un éxodo bíblico, periódicos como Granma o Juventud Rebelde publican titulares sobre “avances”, “estrategias” y “victorias productivas” que solo existen en la imaginación de algún burócrata del Partido.

El cubano abre el periódico y no encuentra su país. Encuentra propaganda.

No hay reportajes sobre corrupción en la cúpula, ni investigaciones sobre la riqueza de la familia Castro, ni preguntas incómodas a los ministros que llevan décadas destruyendo la economía. Nada de eso existe. En su lugar, aparecen textos insípidos sobre reuniones del Partido, discursos interminables y una colección de eufemismos que harían llorar a cualquier redactor con dignidad.

Periodistas con miedo

El problema no es solo editorial. Es estructural. En Cuba, el periodista sabe que hay líneas rojas. Y sabe también que cruzarlas significa el fin de su carrera o algo peor.

Por eso muchos terminan escribiendo lo que les ordenan. Un ejemplo recién es el periódico Invasor y su desfachatez con lo ocurrido ayer en Morón. Es un sistema diseñado para que no haya alternativa: o propaganda o silencio.

El resultado es un ejército de redactores atrapados entre la censura y el salario miserable. Gente que estudió periodismo para contar historias y terminó redactando notas sobre reuniones sindicales o cosechas que nunca llegan.

La paradoja cubana

Lo curioso es que el gobierno habla constantemente de “batalla mediática”. Según el discurso oficial, Cuba enfrenta una guerra de información, pero la verdadera derrota mediática del régimen no está fuera de la isla. Está dentro.

Cuando un pueblo deja de creer en sus propios periódicos, el periodismo ha muerto. Y eso es exactamente lo que ocurrió en Cuba hace años.

Hoy el cubano se informa por redes sociales, por medios independientes o por lo que le cuenta el vecino en la cola del pan. Cualquier cosa es más confiable que la prensa estatal.

Un día para reflexionar

Por eso el día de la prensa cubana debería ser un momento de reflexión, no de celebración. Un país donde la prensa no puede preguntar, donde los periodistas no pueden investigar y donde la verdad depende de la autorización del Partido, no tiene periodismo. Tiene propaganda. Y la propaganda, por muy solemne que se vista en los actos oficiales, siempre termina siendo lo mismo: papel mojado.

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