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Por Oscar Durán
Holguín.- Jacdiel González Mejías, un joven de 20 años, de Mayarí, Holguín, falleció en las últimas horas tras una larga y dolorosa batalla contra un tumor que terminó por devorarle casi todo el rostro. Tenía ganas de vivir, fuerzas para seguir y una voluntad que desmentía cualquier diagnóstico apresurado. Sin embargo, murió como están muriendo muchos en Cuba: no por falta de esperanza, sino por culpa directa de un sistema de salud colapsado, indolente y criminalmente negligente.
Según se conoce, el tumor avanzó de manera agresiva mientras Jacdiel esperaba respuestas, estudios, tratamientos que nunca llegaron a tiempo. Lo que en cualquier país con un sistema sanitario funcional habría sido atendido con urgencia, en Cuba se convirtió en un rosario de dilaciones, escasez de recursos, falta de especialistas y el eterno “no hay”. No hubo medicamentos, no hubo equipos, no hubo una solución real. Hubo abandono.
Las imágenes de Jacdiel, con el rostro cubierto en parte, intentando protegerse del dolor y de la cámara, son el retrato más cruel del llamado “sistema de salud potencia”. Un muchacho joven, consumido por una enfermedad tratable en otros contextos, reducido a estadísticas que el régimen jamás publicará y a un silencio oficial que también mata. Mientras tanto, los discursos siguen hablando de logros médicos que solo existen en la propaganda.
Jacdiel no pedía privilegios. Pedía atención, humanidad, una oportunidad. La dictadura no se ocupó. Su muerte no es un hecho aislado; es parte de un patrón de abandono sistemático que el Estado cubano se empeña en ocultar bajo consignas y mentiras.
Hoy Jacdiel no está. Queda el dolor de su familia, la rabia de quienes conocen la historia y la certeza de que su muerte pudo evitarse. No fue el tumor el único responsable. La negligencia, la desidia y la irresponsabilidad de la dictadura cubana también firmaron su acta de defunción. Y mientras no haya justicia ni cambios reales, seguirán muriendo jóvenes con ganas de vivir en un país que les niega hasta eso.