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Por Alina Arcos Fernández-Britto
La Habana.- Parafraseando a quien desde hace dos siglos atrás nos guía: «Mírame Cuba y por mi dolor no llores, si esclavo de mi edad y mis doctrinas…
Jonathan Muir Burgos tiene 16 años y reside junto a su familia en Morón, Ciego de Ávila. Está detenido desde el 16 de marzo acusado de participar en las protestas del día 13 en su localidad, luego de acudir a una citación policial junto a su padre, un pastor evangélico que horas después fue liberado…sin su hijo.
Han pasado ocho días y Jonathan permanece aún recluido y aislado en el DTI de Ciego de Ávila.
¿La razón? Ejercer junto a su comunidad su legítimo derecho a la libertad de expresión y manifestación contra un poder que lo excluye y lo avasalla.
José Martí fue acusado de infidencia (traición), llevado y condenado a 6 años de prisión por escribir una carta en la que llamaba apóstata a un compañero que se alistó en el cuerpo de voluntarios que defendían al poder (en aquel momento español), que subyugaba y colonizaba a su pueblo. Tenía entonces 16 años.
Cuando un régimen decide o necesita (lo mismo da) recurrir al arresto y la penitencia de niños y adolescentes para subsistir, demuestra fehacientemente que está ya moral y éticamente muerto. No importa el tiempo que deba transcurrir para que sea enterrado. Es, en todo caso, un cadáver insepulto.
Para expresarlo en términos que me son profesionalmente afines: sostener con medidas de soporte vital extremo, a un paciente con una enfermedad terminal e irreversible, no cambiará el pronóstico ni el desenlace, solo prolongará su agonía.
Reformulando la frase de inicio: «MÍRAME CUBA Y DE TU LIBERTAD NO DUDES…» Hagamos que Jonathan regrese a casa.