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Por Yasser Sosa Tamayo
Santiago de Cuba.- Anoche la mesa estaba llena y la conciencia vacía. Risas sueltas. Vasos sudados. Café caliente.
Conversaciones cómodas que no arriesgan nada.
Todo parecía normal, y la normalidad es, demasiadas veces, el maquillaje profesional de la tragedia.
Entonces pasó él. No fue una noticia. No fue una cifra. No fue un post. Fue un niño de carne, frío y hueso.
Entró en el cuadro de la noche como entra una verdad que nadie invitó.
La calle iluminada, los negocios abiertos, la ciudad fingiendo orden — y él cruzándola envuelto en una sábana gastada, como si la pobreza también tuviera uniforme.
Once años. Edad de cuadernos nuevos, no de supervivencia nocturna.
Este post no es un gesto bonito. Es la prueba del fallo. Documento vivo de lo que preferimos no mirar cuando la justicia no enfoca.
Lo detuve. Le hablé cerca. Le miré los ojos. Todavía no habían aprendido a actuar para dar lástima — y eso fue lo que más dolió.
«Busco dinero para comer», así dijo.
Sin drama. Sin guion. Sin lágrima ensayada. Como quien dice la hora. Como quien ya entendió que pedir no cambia el mundo, solo compra minutos.
Mientras nosotros elegíamos bebida, él elegía peligro. Mientras discutíamos temas, él discutía con el hambre. Mientras la ciudad danzaba con el morbo, él se jugaba la noche.
La escena está ahí: la tela prestada, el cuerpo pequeño, el abrazo urgente. No es heroísmo: es emergencia. No es caridad: es resistencia mínima contra la intemperie humana que hemos normalizado. Porque no nos engañemos: cuando un niño camina solo a esa hora no es un accidente — es un fallo de la familia que lo dejó desprotegido.
Es un fallo de las instituciones que prometieron derechos y solo dieron silencio. Es un fallo de un país que permite que los más vulnerables paguen la factura de la indiferencia.
Es un fallo de todos nosotros como sociedad, que aplaudimos la normalidad mientras pisoteamos la infancia.
La noche no cae: cobra. Y cobra primero a los que menos tienen con qué pagar.
Lo abracé. Y pesaba más que su edad. Hay infancias que no pesan kilos — pesan abandono acumulado.
Hice lo que pude. Que no es suficiente. Pero es peor no hacer nada y llamarlo prudencia.
Fue una venda sobre una herida quirúrgica. Un parche contra una estructura rota. Un gesto humano contra una falla colectiva.
Regresé con el pecho encendido. Lloré sin testigos. Sin poesía. El llanto real no escribe bonito: arde. Y entendí algo con rabia limpia:
No es que falten recursos. Falta vergüenza. Falta prioridad. Falta incomodidad. Falta corazón donde debería haber ley.
Escribí una sola línea, sin metáfora: Mi país me sangra en el centro del pecho.
Si esto no te incomoda, no es que seas fuerte — es que ya te anestesiaron. No mires la foto y sigas.
Mírala y responde.