Por Anette Espinosa ()
La Habana.- El secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, ha tenido una reacción que ya es viral. Una periodista le preguntó por las declaraciones de Miguel Díaz-Canel a la revista Newsweek, en las que el mandatario cubano aseguró que si Estados Unidos invade Cuba, Cuba haría lo mismo con Estados Unidos y que habría «muchos muertos por ambas partes».
Rubio solo miró a la periodista, esbozó una sonrisa de esas que no llegan a los ojos, y soltó un lacónico «Está bien. Seguro que sí». Como quien dice: «claro, claro, lo que tú digas». Como quien despide a un niño que acaba de contar que tiene un amigo invisible. La respuesta del secretario de Estado no fue una refutación, fue una caricia en la cabeza. Fue el gesto de un adulto que no pierde el tiempo discutiendo con quien vive en Narnia.
Porque la pregunta, queridos lectores, es inevitable: ¿con qué? ¿Con qué ejército va a defenderse Cuba? ¿Con qué tanques, que no arrancan porque no tienen combustible? ¿Con qué aviones, que no vuelan porque sus piezas son irremplazables? ¿Con qué misiles, que no tienen electricidad para activarse? ¿Con qué soldados, que pasan más tiempo haciendo cola para comprar pan que entrenando?
El ejército cubano, otrora orgullo de la revolución, es hoy una sombra. Un museo de la Guerra Fría. Una colección de chatarra oxidada que ningún marine tomaría en serio. Y Díaz-Canel amenaza con «muchos muertos por ambas partes». La única manera en que eso ocurriría es si los marines se mueren de risa.
Rubio dejó pasar a Díaz-Canel
Rubio no necesitó decir más. Su «Está bien. Seguro que sí» fue una clase magistral de desprecio elegante. No entró al trapo, no le dio entidad a una afirmación ridícula, no validó con un debate lo que no merece más que una sonrisa. Porque cuando un presidente habla de una guerra que no puede librar, con un ejército que no tiene, y amenaza con daños que no puede infligir, la única respuesta posible es esa: una palmada en la espalda y un «claro, campeón, lo que tú digas».
Eso hizo Rubio. Y lo hizo con la naturalidad de quien sabe que la verdad está de su lado.
La realidad, esa que Díaz-Canel no menciona en Newsweek, es que Cuba es un país desarmado. Sus sistemas de defensa son obsoletos. Su logística es inexistente. Su capacidad de respuesta, nula. Una operación militar estadounidense no encontraría resistencia. Encontraría, como mucho, unos pocos fusiles viejos y munición que caducó hace décadas.
Ver la respuesta de Marco rubio acá: (https://x.com/i/status/2041551928321056979)
La «guerra de todo el pueblo» que tanto pregona el régimen es un cuento, una ficción que solo sirve para que los incautos sigan creyendo que hay algo que defender. Pero Rubio lo sabe. Y por eso se rió. No una carcajada, no una burla grosera. Una sonrisa. La sonrisa del que conoce los datos, del que ha visto los informes de inteligencia, del que sabe que enfrente no hay un enemigo, hay una caricatura.
Una sonrisa y poco más
Díaz-Canel, mientras tanto, sigue en su mundo de fantasía. Habla de resistencia mientras el país se apaga. Amenaza con muertos mientras los hospitales no tienen ni aspirinas. Juega a ser comandante en jefe mientras sus soldados no tienen ni para comer.
Y Rubio, con tres palabras, lo dejó en evidencia. No hizo falta un discurso. No hizo falta una conferencia de prensa. Bastó un «Está bien. Seguro que sí» y una sonrisa. Porque cuando la realidad es tan tozuda, cuando los datos son tan abrumadores, cuando el ridículo es tan evidente, la mejor respuesta es no responder. Dejar que el silencio hable. Dejar que la sonrisa se encargue de todo.
Eso hizo Marco Rubio. Y por eso, hoy, los cubanos que sabemos lo que hay, los que vivimos la realidad de un ejército en ruinas y un país en ruinas, no podemos evitar sonreír también. No por maldad, no por odio. Porque la risa, a veces, es la única manera de no llorar. Y porque cuando un presidente habla de guerra sin tener guerra, lo único que merece es una sonrisa.
Una sonrisa como la que le dedicó Rubio. La misma que le dedicamos todos. Está bien. Seguro que sí Claro. Como no. Lo que tú digas, comandante. Lo que tú digas.
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