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Por Jorge Fernández Era ()
La Habana.- Hace solo dos días, el órgano oficial del Partido Comunista de Cuba —ese que está por encima de la propia ley de leyes— publicó un artículo titulado «La sinfonía del malestar». Su tesis no es nueva: aquellos que protestan en las calles están manejados por los hilos del Imperio y solo responden a las órdenes de este. Lean si no este párrafo: «El patrón se repite como un disco rayado. Buscan un país con recursos estratégicos —petróleo, gas, posición geopolítica incómoda—. Esperan el momento de más tensión y, cuando el descontento real —ese que duele de verdad, el de la nevera vacía— se junta con la manipulación mediática y el financiamiento externo, entonces encienden la mecha».
La manipulación del Granma —a la cara y sin mediáticas tintas— conduce a formar en los lectores la idea de que los jóvenes del 11J, los que en lo adelante han sido procesados por similares causas, los que protagonizaron los sucesos de Morón y los ciudadanos en general que —hastiados de hambre, apagones e inercia del Gobierno— utilizan diversas vías para expresar su descontento son, en el mejor de los casos, simples marionetas convertidas en «odiadores» con el fin de asestar un golpe blando, siempre guiados por los del Norte.
El periodista remata con la siguiente frase: «No son tiempos para ingenuidades. La estrategia es vieja como la codicia. Pero el antídoto —la conciencia, la historia, la dignidad— también lo es».
La «conciencia» que se nos trata de vender es la de los dirigentes de nevera llena, esos que con el vientre robusto organizan recorridos, invocan a nuestros mártires, piden al pueblo sacrificios, codician prebendas y convocan a mítines de repudio contra el «vandalismo».
La «historia» que esgrimen es la de los que ofrendaron su vida no por una sociedad que definitivamente cercenara sus derechos, sino aquella, todavía soñada, que les permitiera una existencia plena, con un Gobierno que garantice una democracia efectiva y no de manual.
La «dignidad» es la que arrastran por el suelo cuando alardean de valientes y de inclaudicables para, a nuestras espaldas, sostener conversaciones con el enemigo como último recurso para eternizarse en el poder, mientras niegan toda posibilidad de diálogo a su propio pueblo.
Hoy, 18 de marzo de 2026, se cumplen tres años de que Alina Bárbara López Hernández iniciara en solitario una protesta pacífica cada mes en homenaje al centenario de la Protesta de los Trece, con cuatro exigencias que en cualquier otro país resultarían pan comido: libertad para los presos políticos, convocatoria a una Asamblea Constituyente, mayor atención a la creciente pobreza y cese del acoso a quienes disienten de las políticas oficiales. Desde abril de 2023, otros pocos la secundamos parándonos durante una hora frente a monumentos al Apóstol Martí, a costa de lo que ello ha implicado para la intelectual matancera y para el resto: vigilancia exarcerbada, detenciones ilegales, desapariciones forzadas, tortura sicológica, causas judiciales moralmente insostenibles, chantajes y acciones represivas como el uso de la fuerza física contra nosotros y la intimidación a familiares y amigos.
Están aterrados. Las acciones puramente totalitarias y dictatoriales abren paso cada vez más a métodos fascistas. Pero ni con eso lograrán amedrentarnos. Seguiremos denunciando a un Gobierno y un Partido que han traicionado a su pueblo en nombre de una «Revolución» que ellos mismos borraron, y de un «socialismo» fracasado que chapotea en su ignominia.
Por ello, aun cuando se me impida llegar, me dirigiré hacia el Parque Central de la capital para ejercer entre tres y cuatro de la tarde mi derecho constitucional a la protesta pacífica.