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Cuando la medicina curaba la sífilis infectando a los pacientes con malaria

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Por Datos Históricos

La Habana.- Hubo un tiempo en que la medicina combatía una enfermedad mortal soltando otra dentro del cuerpo.

Cuando la sífilis alcanzaba el cerebro y derivaba en parálisis general progresiva, el panorama era devastador. Los pacientes podían sufrir deterioro mental, alteraciones psiquiátricas, parálisis y un final casi seguro. No había antibióticos. No había una cura realmente eficaz.

Entonces apareció una idea que parecía una locura.

En 1917, el médico austriaco Julius Wagner Jauregg empezó a inocular malaria a estos pacientes. Su lógica era brutal, pero tenía sentido para la época: las fiebres intensas podían frenar o aliviar el avance de la infección, y la malaria, al menos en teoría, podía controlarse después con quinina. El tratamiento era arriesgado, duro y profundamente inquietante, pero logró mejorar o aliviar a muchos enfermos que, de otro modo, tenían muy pocas posibilidades.

Cuesta imaginarlo hoy.

Curar una enfermedad introduciendo otra. Salvar una vida a través del delirio de la fiebre. Poner al cuerpo al borde del colapso con la esperanza de arrancarlo de una condena peor.

Y, sin embargo, funcionó lo suficiente como para cambiar la historia de la psiquiatría y de la medicina. La malarioterapia se extendió por distintos países y se convirtió durante décadas en el tratamiento estándar para esta forma avanzada de sífilis. En 1927, Wagner Jauregg recibió el Premio Nobel de Medicina por ese hallazgo, y fue el primer psiquiatra en obtenerlo.

Luego llegó la penicilina y todo cambió.

Desde la década de 1940, y de forma más clara en los años siguientes, los antibióticos desplazaron esta práctica porque permitían tratar la sífilis de forma mucho más segura y eficaz. La llamada cura con malaria pasó entonces a convertirse en una de las páginas más extrañas de la historia médica.

Lo que queda de esa historia es una verdad incómoda.

En los momentos más desesperados, la medicina no siempre avanzó por caminos limpios o tranquilos. Hubo descubrimientos que nacieron del riesgo, del miedo y de decisiones que hoy resultan estremecedoras. Y esta fue una de ellas: una época en la que provocar fiebre era, para muchos, la única esperanza de seguir vivos.

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