Los romanos y el agua: cómo hicieron volar la gravedad sin gastar un euro en electricidad

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- A ver, explíqueme esto: los romanos, sin motores, sin bombas, sin nada que enchufara a la pared, lograron llevar agua fresca a cientos de kilómetros. Y no en plano, ojo, sino salvando montañas, valles y algún que otro acantilado de los que te dan vértigo. ¿El truco? La gravedad. Eso que usted usa para que se le caiga el móvil al suelo. Ellos lo domaron como si fuera un perrito faldero.

Pero no crea que era cosa de soltar el agua y ya está. Los romanos eran más listos que un zorro con dos carreras. Usaban el chorobates, un chisme de seis metros de largo para nivelar el terreno con una precisión ridícula: apenas medio metro de desnivel por kilómetro. Medio metro, le digo. Menos de lo que se le hunde una cerveza al apoyarla en una mesa coja. Así lograban que el agua corriera constante, sin estancarse, sin desbordarse, como si el propio río supiera por dónde tenía que ir.

3. Y aquí viene lo gordo: el hormigón romano. Porque ellos no se conformaban con mezclar piedra y cal como cualquier albañil de pacotilla. No, señor. Ellos le echaban ceniza volcánica del mismísimo Vesubio, ese que luego se enfadó y se cargó Pompeya. El resultado era un material que se endurecía hasta debajo del agua. Se llamaba «opus caementicium» y contenía unos cristales llamados tobermorita que, con el tiempo, se volvían más duros. Como el buen vino, pero con ladrillos.

Nadie entendió mejor la gravedad

Para que se haga una idea: el acueducto de Roma movía 1.35 billones de litros diarios. Billones, con B. Suficiente para darle 300 litros diarios a un millón de personas. Y no me venga con que eso es poco, porque hoy en día hay ciudades que no llegan a eso, como La Habana o cualquier otra ciudad cubana. Y mientras tanto, los romanos construían arcos de 49 metros de altura —como un edificio de 16 pisos— para mantener la pendiente constante sobre valles y montañas. El Pont du Gard, en Francia, sigue ahí, desafiando al tiempo y a los turistas con selfies.

Ver vídeo: (https://www.facebook.com/reel/1232484998965834)

¿Y qué ha quedado de todo esto? Pues medio mundo debe sus cañerías a esos tipos. La palabra «plomero» viene de «plumbum», que es el plomo que usaban para las tuberías. Y no, no sabían que el plomo era venenoso, pero bueno, nadie es perfecto. Lo importante es que sus técnicas siguen inspirando a los ingenieros de hoy, que todavía se quedan con la boca abierta cuando ven un acueducto romano y piensan: «Cómo coño hicieron esto sin calculadora».

Así que ya sabe: cuando abra el grifo y salga agua fresca, piense en los romanos. En sus agrimensores con el chorobates, en su hormigón de ceniza volcánica, en esa obsesión suya por llevar agua a todas partes. Porque ellos no inventaron la gravedad, claro está. Pero la entendieron mejor que nadie. Y la pusieron a trabajar, sin protestas, sin huelgas, sin pedir horas extras. Eso sí que era ingeniería, señor mío. Lo demás son cuentos chinos. O romanos, pero bien hechos.

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