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Por Anette Espinosa ()

La Habana.- Ian Padrón escribió una carta abierta a Jorge Perugorría. No fue un alegato político, no fue un panfleto insultante, no fue un manifiesto de odio. Fue una invitación al debate, una reflexión respetuosa de alguien que admira al actor pero no comparte su visión sobre las causas de la crisis cubana.

Padrón, con la honestidad de quien no necesita máscaras, le dijo al Pichi lo que muchos artistas dentro de la isla callan por miedo: que los males de Cuba no vienen de Trump, vienen de dentro, de un sistema que ha priorizado el poder sobre la comida, la represión sobre la libertad, la ideología sobre la vida. Eso fue todo. Y claro, la reacción no se hizo esperar.

En Mayabeque, provincia donde la lógica brilla por su ausencia, una señora llamada Orialis Delgado, que se autodenomina periodista sin que nadie sepa muy bien desde cuándo ni con qué credenciales, tomó su teléfono y escribió un mensaje que podría haber firmado cualquier burócrata del Partido. «Qué vergüenza, Ian Padrón», empezó, como si la vergüenza fuera patrimonio de los que callan. Y siguió con una letanía de lugares comunes que huelen a dogma rancio: «coquetear con lo injusto», «el discurso de los odiadores», «los que no aman, no fundan, ni construyen». Palabras vacías, frases hechas, el mismo libreto que los Castro usan desde 1959 para descalificar a todo el que se atreve a pensar distinto.

Lo más patético del alegato de Orialis no es su contenido, es su origen. Porque esta mujer, que ahora pontifica sobre la herencia mambisa y la dignidad nacional, fue durante años dirigente comunista. Militante del Partido, de esas que levantaban la mano en las asambleas y aplaudían con la misma vehemencia con la que hoy ataca. Dejó el cargo, se inventó una carrera de periodista, pero el chip no se lo pudo quitar. Sigue hablando como hablan los que mandan, con esa mezcla de superioridad moral y desprecio por el que piensa diferente. El discurso es el mismo, solo cambió el escenario.

Las incongruencias de los defensores del castrismo

Orialis le dice a Padrón que «nadie nos amenaza, ni nos dice con un látigo lo que tenemos que hacer». Uno se pregunta entonces qué hacen los presos políticos en las cárceles cubanas. Qué hacen los jóvenes del 11 de julio condenados a décadas de prisión. Qué hacen los que se manifiestan pacíficamente y terminan con un expediente por «desacato». Pero claro, para Orialis eso no existe. Es parte del «discurso de los odiadores». Es más fácil repetir la consigna que enfrentar la realidad, más cómodo acusar de «servil» al que se atreve a cuestionar que mirar el espejo y ver el propio reflejo.

De dirigente comunista frustrada a pseudoperiodista, y ahora defensora de las causas que nadie defiende

La carta de Ian Padrón no pedía que Cuba se pusiera de rodillas. Pedía algo mucho más sencillo y mucho más peligroso para los que como Orialis viven de la mentira: pedía pensar. Pedía analizar la crisis sin echarle la culpa siempre al mismo, pedía reconocer que el sistema no funciona, que 67 años después la única herencia mambisa que nos queda es la de seguir luchando, pero ya no contra el colonialismo español, sino contra una dictadura que nos ha robado hasta la capacidad de soñar con un futuro mejor.

Orialis Delgado, con su verbo inflamado y su memoria selectiva, es el ejemplo perfecto de lo que el régimen ha producido durante décadas: personas incapaces de escuchar, de debatir, de admitir un error. Personas que confunden la lealtad con la sumisión y la crítica con la traición. Padrón le ha hecho un favor a Cuba con su carta. Ojalá encuentre, si quiere, un espacio para debatir con Perugorría. Y ojalá Orialis, desde Mayabeque, aprenda de una vez que el periodismo no es repetir consignas, sino preguntar. Y que la vergüenza, la de verdad, no está en quien cuestiona, sino en quien calla sabiendo la verdad.

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