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Por Sergio Barbán Cardero ()
Miami.- Mi primer viaje a Puerto Rico fue en 2016. Mi hija y mi yerno estaban trabajando en Ponce y, durante mi estancia, me regalaron una experiencia que todavía conservo intacta en la memoria: un recorrido por las montañas del centro de la isla.
Allí visitamos una poza y una cascada de una belleza deslumbrante. No era un parque estatal ni una instalación turística del gobierno. Era algo mucho más sencillo y, a la vez, más poderoso. El lugar pertenecía a Don Lemuel, la persona que nos recibió con una sonrisa tranquila, de esas que no se aprenden, se ganan con los años. Lemuel, amigo y paciente de mi yerno. Un hombre bueno, muy sereno y orgulloso sin alardes.
Conversando con Lemuel, supe la historia. Aquella cascada estaba dentro de sus tierras. Abrirla al disfrute público había sido un viejo sueño. Lemuel me contó que pasó 20 años trabajando en Nueva York reuniendo dinero, y que, al jubilarse, decidió regresar a Puerto Rico para disfrutar de una vejez tranquila y hacer realidad ese proyecto. No habló de sacrificio ni de épica. Habló de propósito.
El lugar fue un éxito. No solo lo visitan puertorriqueños; llegan gente de todas partes del mundo. Algo fácil de constatar hoy con los innumerables videos en Facebook y YouTube. Turismo espontáneo, orgánico, nacido de la iniciativa personal de un hombre humilde, no de un plan quinquenal.
A mí, aquel sitio me removió recuerdos profundos. Yo nací en el corazón de la Sierra Cristal, en el oriente cubano. Agua, monte, infancia. Y, como siempre me ocurre cuando veo algo que funciona en libertad, la pregunta apareció sola, incómoda y persistente: ¿Por qué los cubanos no podemos hacer lo mismo?
El primer obstáculo es técnico, pero real. Estados Unidos tiene Acuerdos de Totalización con más de 30 países, que permiten a los jubilados recibir sus beneficios del Seguro Social viviendo en el extranjero, evitando la doble imposición y combinando créditos laborales. Estos acuerdos hacen posible que millones de personas se jubilen fuera de EE. UU. sin perder sus ingresos. Cuba no está en esa lista. Pero ese no es el principal problema.
El obstáculo más fuerte, el verdaderamente insalvable hoy, es el régimen cubano. Un sistema que le tiene pánico a la acumulación de riqueza individual, a la autonomía económica, a cualquier ciudadano que no dependa del Estado para sobrevivir. Un sistema que concentra todo el poder y, al hacerlo, elimina cualquier garantía.
Aun así, hagamos un ejercicio sencillo. Sin consignas ni propaganda. Supongamos que 1.2 millones de personas jubiladas (cubanos y no cubanos deciden vivir su retiro tranquilamente en Cuba, disfrutando las maravillas de su clima, es una cifra conservadora). Personas con pensiones legales, mayormente del Seguro Social de Estados Unidos u otros sistemas similares, con un ingreso promedio conservador de 900 dólares mensuales. El beneficio mensual promedio del Seguro Social para jubilados en Estados Unidos se estima en alrededor de $2,071 para 2026, yo tomé casi la mitad para incluir a los que se jubilan en otros países.
El resultado es brutal en su simpleza. Más de 1,080 millones de dólares al mes, repito con palabra; mil ochenta millones al mes. Casi 13 mil millones de dólares al año, entrando directamente a la economía cubana. No en préstamos. No en “cooperación solidaria”.
Ni en discursos. Se trata de consumo real.
Esto no es ciencia ficción. Es exactamente lo que ocurre en México y numerosos países del mundo. México alberga más de un millón de jubilados estadounidenses, repito para que se entienda bien; estadounidenses, especialmente en lugares como Chapala, San Miguel de Allende o Mérida. Viven de su pensión, alquilan o compran casas, pagan servicios, contratan personal, consumen localmente y dinamizan economías enteras sin pedirle nada al Estado mexicano; esto es aparte de los mexicanos que se jubilan y deciden regresar a sus tierras de orígenes.
Puerto Rico es un ejemplo aún más incómodo para el discurso cubano. Miles de puertorriqueños regresan a la isla a vivir su vejez con ingresos del Seguro Social. Nadie los llama desertores. Nadie los vigila. Y tampoco nadie los acusa de traición ideológica. Simplemente viven. En ambos casos, el resultado es el mismo: crecimiento local, estabilidad social, creación de una clase media funcional. Nada de eso ha destruido a México. Nada de eso ha destruido a Puerto Rico.
Si Cuba, paradójicamente, tiene más ventajas que cualquiera de esos países: vínculos familiares profundos, idioma y cultura compartida, un deseo real de regresar en la vejez y una diáspora que nunca rompió del todo con la isla. Pero ahí aparece el verdadero muro: el régimen. Un jubilado que vive de su pensión no depende del Estado. Un jubilado con ingresos estables no acepta chantajes. Tampoco un jubilado que paga su comida, su vivienda y su médico no necesita consignas. Y eso, para el sistema cubano, es intolerable.
Cuando Donald Trump dice que “muchos cubanos querrían regresar a la isla”, no está apelando a la nostalgia. Está señalando una posibilidad económica y social que el régimen no puede controlar. Porque permitir un retorno masivo de jubilados implicaría: respetar la propiedad, garantizar seguridad jurídica, permitir cuentas bancarias funcionales, aceptar una economía menos o no dependiente del Estado. En otras palabras: renunciar al control total.
Si México puede hacerlo, si Puerto Rico puede hacerlo, si República Dominicana, Costa Rica o Panamá compiten por esos jubilados… ¿por qué Cuba no? La respuesta es tan simple como devastadora: Cuba no es pobre porque le falte dinero. Cuba es pobre porque, justificadamente les sobra miedo a sus propios ciudadanos.
Este análisis es una muestra clara del bloqueo interno y mental de los comunistas; que nadie se ofenda. Digo comunistas porque son ellos, los que gobiernan, son la máxima autoridad, nada ni nadie está por encima de ellos. Y mientras ese miedo siga gobernando, la jubilación que podría salvar a Cuba seguirá siendo, para el poder, una amenaza más peligrosa que cualquier embargo.
Ayer, Díaz-Canel desfilaba con una comitiva de militares, dilapidando recursos, enseñando músculo, como si Estados Unidos fuera a atacar mañana. Puro teatro. Porque si ese día llegara, de nada servirían las consignas de Patria o Muerte y socialismo o Muerte. Lo que salvaría a Cuba no sería el miedo, sino justo lo que el régimen más teme: cubanos libres, autónomos y de regreso a su propia tierra.