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Los cacerolazos llegan a la Plaza de la Revolución

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Por Anette Espinosa ()

La Habana.- Pasaban minutos de las nueve y media de la noche cuando el sonido metálico rompió la habitual calma del corazón político de La Habana. Los edificios del MINFAR 1 y 2, esas enormes moles que resguardan a una parte de la cúpula militar, comenzaron a vibrar con el golpear de cazuelas y ollas. A ellos se unió algún que otro edificio de los llamados pastorita y el CEATM, creando una sinfonía de desconcierto que se extendió por la zona. Desde la distancia, todo indicaba que el MINFAR 3 también se sumaba al coro, aunque en esta ocasión no pudo confirmarse.

El estruendo se prolongó por más de media hora, un tiempo inusualmente largo para este tipo de protestas ‘silenciosas’ que ahora encuentran en el ruido su forma de expresión. Lo que hace único a este momento no es solo la duración, sino el escenario elegido: a apenas doscientos o trescientos metros de la entrada del edificio del Comité Central. La cercanía al poder convierte cada golpe de cacerola en un mensaje directo, imposible de ignorar.

Estos no son vecinos cualquiera. En esos apartamentos vive gran parte de la oficialidad de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, tanto activa como retirada, junto a otros dirigentes del aparato estatal. Que el descontento haya llegado hasta sus cocinas indica que el malestar ya no reconoce jerarquías ni privilegios. Cuando quienes han sido columna del sistema se suman al clamor popular, o lo toleran, algo profundo está cambiando en la dinámica del descontento.

No es un hecho aislado

La noche de este jueves no es un hecho aislado, sino la continuidad de un mapa que se dibuja con cacerolas en varios puntos de la capital. Los días anteriores han sido testigos de acciones similares en Playa, en otros repartos del municipio Plaza, en Alamar, Guanabacoa, en el Diez de Octubre, en Regla, en El Cotorro, en el Cerro, en Centro Habana y en Marianao. La geografía del reclamo se expande como una mancha de aceite sobre el mármol de la ciudad.

Lo significativo de esta noche es que el símbolo llega a la plaza que durante décadas fue escenario de las grandes concentraciones convocadas por el poder. Ahora la convocatoria es espontánea, sin megáfonos ni transportaciones organizadas, y su consigna es el golpe seco del metal contra el metal. La misma área que solía llenarse de pueblo para corear consignas hoy se rodea de edificios desde donde se corea con cacerolas.

Lo que antes era impensable se vuelve cotidiano, y lo que era cotidiano se vuelve insostenible. Como suele decirse en estos barrios cuando cae la tarde y el cansancio aprieta: lo bueno del acontecer es lo pésimo que se está poniendo la cosa. Y cuando la cosa se pone tan mal que hasta los guardianes del sistema golpean sus cazuelas, es porque el descontento ha dejado de ser un rumor para convertirse en un hecho político de nuevas dimensiones.

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