Newsletter Subscribe
Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Es una paradoja de la historia que incluso quienes luchan en el mismo bando no compartan siempre los mismos límites morales. Y también es una verdad incómoda que ninguna nación sale limpia de una guerra.
Durante la Segunda Guerra Mundial, Italia estuvo aliada con la Ustasa croata. La violencia ejercida por ese grupo fue tan extrema que incluso tropas aliadas quedaron profundamente perturbadas por lo que presenciaron. La tragedia de Prebilovci es uno de los ejemplos más dolorosos.
En 1941, un general italiano escribió a Mussolini tras conocer lo ocurrido en esa aldea. Allí, fuerzas de la Ustasa habían atacado a la población civil serbia. Dentro de una escuela encontró un escenario de horror: un maestro y más de un centenar de niños muertos, cuerpos marcados por una crueldad que no tenía justificación militar ni humana.
El general no pudo callar.
Advirtió que Italia debía denunciar esas acciones por dos razones. Una práctica: los sobrevivientes no olvidarían y la violencia solo alimentaría una resistencia feroz. Y otra moral: guardar silencio significaría quedar para siempre asociado a crímenes que negaban cualquier noción de humanidad.
La masacre de Prebilovci ocurrió. Y más allá de los detalles exactos de esa carta, hay una verdad clara: la brutalidad de la Ustasa fue tan extrema que terminó alejando incluso a algunos de sus aliados.
En un punto decisivo, unidades italianas dejaron de colaborar con ese grupo y comenzaron a proteger a civiles serbios en zonas bajo su control. Para algunos oficiales, había una línea que no podía cruzarse.
Pero esta historia también duele por otra razón.
Italia no fue inocente. El mismo ejército que en ciertos momentos protegió civiles, en otros lugares cometió represalias, abusos y ocupaciones violentas. Hubo crímenes, deportaciones y sufrimiento causados por fuerzas italianas en los Balcanes, en África y en otros territorios. Recordarlo no resta valor a los gestos humanos aislados. Los vuelve más complejos. Más reales.
La historia no es un relato de buenos y malos absolutos. Es una suma de decisiones tomadas por personas dentro de sistemas brutales. Algunos eligieron obedecer sin límites. Otros se detuvieron. Otros cruzaron todas las líneas.
En medio de una guerra que deshumanizó a millones, hubo quienes comprendieron que obedecer no siempre es excusa, y que incluso en el caos más profundo, elegir no participar del horror sigue siendo una decisión moral.
Recordar todo, incluso lo que incomoda, también es una forma de memoria. Y la memoria completa es la única que sirve. (Tomado de Datos Históricos)