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Por Albert Fonse ()
Vancouver.- Se ha hablado mucho de qué pasará el día que caiga la dictadura cubana. Se mencionan los esbirros dentro de la isla, los represores, los que golpean, los que encarcelan, los que ejecutan órdenes directas contra el pueblo. Esa parte es evidente. Está documentada, visible, imposible de esconder. Sin embargo, hay otro grupo del que casi no se habla con la misma fuerza: los agentes que operan fuera de Cuba.
La dictadura no solo se sostiene con policías y militares. También se sostiene con narrativa. Durante décadas ha creado y utilizado diferentes tipos de agentes en el exterior: unos recogen información, otros captan personas, pero hay un perfil particularmente dañino, más sutil y muchas veces más efectivo: los agentes de influencia. No necesitan uniforme ni credencial. Su herramienta es la palabra. Su campo de batalla son las redes sociales, los medios y los espacios de opinión.
Su trabajo ha sido claro y constante: darle tiempo al régimen, darle oxígeno en momentos críticos, ayudarle a manejar la narrativa, dividir a la oposición, desanimar a quienes intentan cambiar las cosas, desacreditar liderazgos e influenciar la percepción tanto dentro como fuera de Cuba. No construyen, no proponen, no aportan. Su función es desgastar, confundir y desviar la atención.
La historia demuestra que estos perfiles no desaparecen en silencio cuando los regímenes caen. En la Alemania del Este, tras la caída del Muro de Berlín, se abrieron los archivos de la Stasi. Miles de colaboradores, informantes y operadores de influencia quedaron expuestos. Personas que durante años manipularon, vigilaron o defendieron el sistema perdieron credibilidad, posiciones y, en muchos casos, enfrentaron consecuencias legales o sociales. La sociedad no olvidó.
En Rumanía, después de la caída de Nicolae Ceaușescu, ocurrió algo similar. Los propagandistas del régimen, los que durante años construyeron la narrativa oficial, quedaron marcados. Muchos intentaron reciclarse, cambiar de discurso, adaptarse a los nuevos tiempos. Algunos lo lograron parcialmente, pero la memoria colectiva los señaló. El peso de lo que hicieron no desapareció con el cambio político.
Ese patrón se repite. Cuando un sistema cae, la verdad sale. Los nombres aparecen. Las conexiones se revelan. En el caso cubano, dentro de ese universo de agentes de influencia, se pueden identificar dos perfiles claros que operan de manera distinta pero terminan beneficiando al mismo poder.
Por un lado están los que, desde una postura de izquierda o de aparente moderación, promueven constantemente ideas que coinciden con los intereses del régimen: levantar presiones, evitar cualquier acción que acelere un cambio real, apostar por convivencias indefinidas, presentar la continuidad como transición. Su discurso no confronta al poder, lo protege, lo suaviza y le da legitimidad.
Por otro lado están los que se disfrazan de extremistas, los que se venden como los más duros, los más radicales, los más intransigentes. Son los que atacan absolutamente todo: cualquier iniciativa, cualquier liderazgo, cualquier paso en cualquier dirección. Nada sirve, nadie sirve. Se pasan 24 horas generando conflicto, desacreditando y creando divisiones donde no las hay. Su papel es destruir, fragmentar y paralizar.
No es casualidad. Mientras unos sostienen la narrativa que favorece al régimen, los otros dinamitan cualquier intento de unidad o avance. El resultado es el mismo: confusión, desgaste y estancamiento.
Cuando la dictadura caiga, ese entramado también caerá. Los nombres van a salir. Las conexiones van a quedar expuestas. No será posible esconder años de manipulación detrás de un cambio de discurso de última hora.
Algunos enfrentarán consecuencias legales, dependiendo del nivel de implicación. Otros, al menos, enfrentarán el rechazo social de una nueva Cuba que no va a olvidar quién estuvo de qué lado.
Todavía hay tiempo. Así como se les dice a los militares, a los policías y a los agentes de la seguridad dentro de la isla que se pongan del lado del pueblo, ese mismo llamado aplica para estos actores en el exterior. Seguir órdenes, seguir manipulando, seguir destruyendo tiene un costo que no se borra.
El trabajo de un agente de influencia puede parecer menos visible, pero su impacto es profundo. Ha servido para alargar la vida del sistema, para dividir a quienes quieren un cambio y para debilitar cualquier esfuerzo real de libertad. Por eso, cuando llegue el momento, también será juzgado por la historia.
Dejar de hacerlo hoy puede marcar una diferencia. Decir la verdad ahora tiene valor. Esperar al último momento no servirá de nada. Después no habrá espacio para justificaciones ni discursos reciclados.
Ese momento se acerca y cuando llegue, ya no habrá máscaras que resistan.