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Por Guillermo Rodríguez Sánchez
México.- Casi toda persona que hizo travesía vía Nicaragua sabe cuál es este río, el Suchiate es nada menos que la frontera entre Guatemala y México, al cruzarlo estás ya en Tapachula.
Ayer hizo exactamente un año que lo crucé en una balsa de tablas viejas medio amarradas con cualquier soga y recámara de tractor.
Hoy me sale esta noticia, el río Suchiate está casi seco, apenas 30 centímetros de profundidad tiene el agua en algunas zonas, es decir lo pasas con el agua por la rodilla.
Cuando tuve que atravesarlo estaba bastante crecido, unos 5 metros de hondo y 150 metros de ancho.
Un monstruo negro en la madrugada, un cuerpo fluvial sediento de cobrarse más vidas, en su traicionero cauce yace el alma de muchos cubanos que cayeron y no sabían nadar.
Murieron justo en la orilla de su primer destino, Tapachula.
En mi balsa íbamos dos personas, y eso fue suficiente para ir en alerta máxima.
¿Dos y media personas o tres o cuatro?
Imagínense me tocó cruzar con una muchacha de Holguín que llevaba un bebé de año y medio en brazos y estaba además nuevamente embarazada, hizo la travesía solita.
En alguna publicación de las que subí cuando aquel entonces hay una foto suya de espaldas cargando al niño, pues no podía ni debía exponer su identidad en medio de estos trayectos.
Serían las 4 de la madrugada cuando el coyote nos orientó subir al traste semihundido que llaman balsa.
Fueron los 150 metros más largos de mi vida.
El tiempo se congeló sin piedad, el remo era un palo viejo y el pobre viejo balsero tendría no menos de 70 años.
Me dolía el cuerpo de la tensión muscular, tenía miedo de caerme y más miedo de que se cayera la embarazada con el niño.
Iba atento a mi vida y a tres más, una que aún no nacía.
4 AM recuerden, todo en absoluto silencio.
Estaba petrificado ante la posibilidad de que el niño de año y medio empezara a llorar en medio del río.
Ya nos habían advertido que en la otra orilla había cárteles de tráfico de personas rivales de quienes nos coyoteaban, desembarcar en el territorio errado equivalía a secuestro inmediato.
Y el niño estaba bien pero bien despierto, mirando todo con asombro y curiosidad, más no asustado.
Me miraba a mí y yo lo miraba a él, suplicándole en silencio que no fuera a llorar, ni a reírse, ni a nada.
Di tú, la vida en manos del silencio de un inocente que nada sabía acerca de lo que estaba pasando.
150 metros, 150 horas en mi mente.
A la derecha y arriba un puente fronterizo.
4 AM, se veían los puntos rojos de los cigarros que fumaban los militares en el punto de control encima de nuestras cabezas.
Un llanto era igual a un tiroteo hacia la zona de la balsa.
En estos parajes el gatillo anda suelto y apretarlo a discreción es casi cosa deportiva.
El niño no lloró, ni hizo ruido alguno, solo observó todo asombrado.
Pero desembarcamos justo en el territorio de una banda rival del cártel que nos estaba traficando.
Nos secuestraron como fue predicho y en una confusión donde pensaron que yo no quería colaborar con dólares cuando dije que sí estuvieron a punto de darme un tiro en la manigua.
Por suerte nada sucedió.
6 horas después y con mucho billete de por medio estábamos sin mayores incidentes en Tapachula.
Y el río Suchiate, hoy día tan manso y poco profundo, quedaba atrás como un cocodrilo húmedo y gigante dormido, dejando pasar algunas almas…devorando otras para siempre.