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Por Luis Alberto Ramírez
Miami.- Miguel Díaz-Canel volvió a escena con un discurso furibundo, plagado de frases gastadas heredadas de Fidel Castro y consignas viscosas que ya no movilizan a nadie. En ese balbuceo ideológico se alineó con Abel Prieto, prometiendo “donar hasta la sangre y la vida”, aunque, eso sí, “a un precio muy caro”. La advertencia, quizás sin quererlo, delata miedo. Porque una cosa es invocar al Diablo desde la tribuna, y otra muy distinta es verlo cruzar la puerta.
La historia reciente ofrece una lección clara que estos líderes se niegan a aprender. Nicolás Maduro pasó años ofendiendo, gritando consignas antimperialistas y desafiando a que fueran a buscarlo. Hasta que lo buscaron. El patrón se repite: la bravuconería no está dirigida al adversario externo, sino al pueblo propio. Es un teatro de fuerza para intimidar a los de adentro, para sostener una autoridad que ya no se apoya en legitimidad sino en el miedo y la propaganda.
Todos los líderes totalitarios comparten ese comportamiento. Exageran su “guapería” cuando en realidad su poder se les escurre entre los dedos. Saddam Hussein, Manuel Noriega y el propio Maduro terminaron convertidos en caricaturas trágicas: uno ahorcado por quienes antes lo protegían, otro muriendo en una celda, y el último lo echaron pa’ lante como un carrito de helado. La pregunta que flota es incómoda pero inevitable: ¿cómo supo Estados Unidos con tal precisión la localización, dimensiones y planos del búnker de Maduro? La respuesta apunta menos al espionaje perfecto y más a la traición interna. Cuando el poder se pudre, siempre hay manos dispuestas a entregarlo en bandeja.
Díaz-Canel parece no entender una verdad elemental: no hay peor enemigo para un líder gastado que aquellos a quienes dice liderar. Un pueblo abrumado por sus gobernantes cambia de casaca con la misma facilidad con que se cambian los cuadros de una casa nueva. La lealtad forzada dura lo que dura el miedo; cuando este se rompe, llega la factura.
Invocar sacrificios “a un precio muy caro” es, en el fondo, una confesión. No es valentía: es la intuición de que el ciclo se agota. Porque llamar al Diablo desde el micrófono puede parecer audaz, valiente. Pero cuando el Diablo llega, ya no hay consigna que lo detenga.