Newsletter Subscribe
Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Por Jorge L. León
Houston.- Lis Cuesta ha logrado algo notable: convertir cada aparición pública en una prueba empírica de que el título académico, cuando es otorgado por decreto y no por mérito, puede ser una forma avanzada de analfabetismo ilustrado. Su paso por las redes no informa, no ilumina, no provoca reflexión; deja, más bien, el olor persistente de la frivolidad envuelta en ínfulas.
Su más reciente exabrupto —llamar a las Navidades “celebraciones yanquis”— no es un error: es una confesión. Confesión de ignorancia histórica, de pobreza cultural y de una relación nula con los libros que no tengan prólogo oficial. Una frase así no nace del pensamiento; nace del guion.
Porque, conviene recordarlo despacio para que lo entienda: cuando Estados Unidos no era ni colonia, cuando no había Casa Blanca, ni himno, ni bandera, cuando aún faltaban siglos para que existiera “lo yanqui”, ya se celebraba la Navidad en medio mundo.
Pero pedirle cronología a Lis Cuesta es como pedirle música a una cazuela: ruido habrá, melodía jamás. Lo más curioso no es que diga estupideces, sino que lo haga con aplomo doctoral y sea celebrada por una prensa que confunde obediencia con inteligencia. Ahí está el verdadero espectáculo: la ignorancia aplaudiéndose a sí misma, de pie, con entusiasmo revolucionario.
Y entonces surge la duda legítima, casi científica: ¿Doctora en qué exactamente? ¿En simplificación vulgar? ¿En consigna reciclada? ¿En confundir ideología con cultura?
Porque publicaciones académicas, debates serios o aportes intelectuales no aparecen ni con lupa. Lo que sí abunda son frases huecas, postureo progresista y esa manía tan de corte autoritario de despreciar todo lo que no controlan. La Navidad no les molesta por “yanqui”, les molesta porque no la inventaron ellos.
Revisar sus escritos en redes es asistir a una antología del lugar común: frases de almanaque político, ocurrencias sin profundidad y una autoestima inflada por el poder marital, no por el talento. Todo recuerda peligrosamente a ciertas figuras del socialismo real: esposas de dictadores convertidas en “intelectuales” por ósmosis del poder.
La comparación con Elena Ceaușescu no es exageración:
— títulos inflados,
— cultura inexistente,
— soberbia desbordada,
— y la convicción infantil de que el cargo sustituye al conocimiento.
Aquella también creía que los aplausos eran prueba de inteligencia. Aquella también se rodeó de aduladores. Aquella también pensó que la historia era una sirvienta obediente. La historia, como se sabe, no sirve a nadie.
Lis Cuesta no es peligrosa por lo que dice, sino por lo que representa: la institucionalización de la mediocridad, el ascenso del vacío, la sustitución del pensamiento por la consigna. No ofende a la Navidad; se retrata a sí misma.
Porque cuando alguien llama “yanqui” a una tradición milenaria, no está haciendo política: está haciendo el ridículo. Y cuando ese ridículo se emite desde el poder, deja de ser comedia para convertirse en síntoma.
La seda no da cultura. Las pulseras no dan talento. El título no da inteligencia.
Y la ignorancia, por mucho que grite consignas, sigue siendo ignorancia… aunque se autoproclame doctora.