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Por Anette Espinosa ()

La Habana.- El Vigía de Cuba lo advirtió. No una vez, sino varias. Dijo que en cualquier momento ocurriría el primer linchamiento en Cuba. Al más puro estilo Bolivia, al más puro estilo Guatemala. Donde la gente, harta, cansada, desesperada, se toma la justicia por su mano y ajusticia al ladrón, al violador, al que ya no encuentra freno porque el freno social hace rato que se rompió. (https://elvigiadecuba.com/el-primer-linchamiento/)

Y ocurrió. En Torriente, Matanzas. Un campesino puso una trampa para proteger sus frutos, esos que cultiva con las uñas, con la tierra, con el sudor de meses. Y esa trampa se cobró una vida. Un hombre murió allí mismo. Fin de la historia. Principio de algo peor.

Pero no nos engañemos. La trampa no la puso solo ese campesino. La puso el hambre. La puso la necesidad. Y la puso la pérdida de valores que antes parecían inquebrantables. Un sistema que abandonó a la gente del campo, que los dejó solos frente a los ladrones, frente a los violentos, frente a los que saben que la policía no viene. Porque la policía, esa que nunca aparece cuando roban, cuando matan, cuando violan, esa policía sí aparece cuando alguien escribe una pintada contra el castrismo. Esa policía sí tiene combustible para perseguir al que piensa distinto, pero no para patrullar las zonas rurales donde el crimen campa a sus anchas. (https://elvigiadecuba.com/campesinos-cubanos-amenazan-con-linchamientos-ante-pasividad-policial/)

En redes, si bien algunas personas lamentan aquello de tomarse la justicia por su mano, la inmensa mayoría cree que el campesino tiene el derecho a defender lo suyo, su propiedad, el fruto de su trabajo.

El resultado de una sociedad rota

Y no es un caso aislado. Es una cadena. La familia asesinada en Santiago de Cuba para robarle el ganado. Después le quemaron la casa, como si los animales no bastaran, como si el dolor no fuera suficiente. Los campesinos muertos en Villa Clara, en Sancti Spíritus, en Camagüey. Muertos por un caballo, por una moto, por cualquier cosa que pueda venderse en ese mercado negro que crece al mismo ritmo que la escasez. Porque cuando no hay nada, cuando el salario no alcanza ni para comer, cuando la corrupción lo impregna todo, cuando la pobreza aprieta hasta partir el alma, el bandolerismo deja de ser una opción para convertirse en el único camino de los que ya no tienen nada que perder.

El linchamiento de Torriente no es un accidente. Es un síntoma. La fiebre que anuncia que el cuerpo está infectado. Es el grito ahogado de una sociedad que se desmorona, que ya no confía en nada ni en nadie, que sabe que las leyes no existen, que la justicia es una palabra vacía, que el Estado no protege, que el gobierno mira para otro lado mientras el pueblo se mata entre sí. Es la consecuencia lógica de décadas de abandono, de promesas incumplidas, de discursos que no llenan estómagos.

Se veía venir, sí. Lo dijimos. Lo escribimos y lo advertimos. Y ahora está pasando. La pregunta es: ¿cuántos linchamientos más harán falta para que alguien se dé cuenta de que la crisis no es solo de combustible, no es solo de comida, no es solo de luz? Es una crisis de humanidad. Y cuando la humanidad se pierde, cuando la desesperación gana, lo que viene no es bonito. Lo que viene es Torriente. Una y otra vez. Hasta que alguien haga algo. O hasta que no quede nadie para hacerlo.

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