El baño que mató a Frenchie

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Thomas O. French había dado la vuelta al mundo antes de cumplir los veinte. Marinero, buscador de oro, músico y poeta, su vida fue una de esas que parecen sacadas de una novela de aventuras. Llegó a la cuenca de Boise en 1863, en plena fiebre del oro, y durante años fue un hombre sociable, querido y respetado. Pero una pala en la cabeza, en una disputa minera, lo cambió todo. Sobrevivió, pero el golpe lo dejó marcado para siempre.

Con el tiempo, Frenchie se fue apartando del mundo. Terminó en una cabaña en Slaughterhouse Gulch, un nombre que ya anticipa finales poco felices. Conservaba un violín y una colección de libros, pero descuidaba su aspecto y su salud. Los vecinos lo vigilaban de lejos, sabiendo que aquel anciano harapiento había sido alguien. Hasta que, en la primavera de 1909, lo encontraron en un estado tan lamentable que decidieron actuar.

La leyenda que se resiste a morir

La policía lo sacó de su cabaña, lo llevaron a Warm Springs y lo metieron en un baño. Le pusieron ropa limpia. La intención era buena, pero el viejo minero no estaba de acuerdo. Se resistió, amenazó a los funcionarios y fue declarado incapaz de cuidarse solo. Lo enviaron al asilo estatal de Blackfoot. Y ahí ocurrió lo que la leyenda convirtió en mito: que Frenchie había jurado no bañarse hasta encontrar oro, que lo obligaron y que murió al día siguiente.

La historia se extendió como un reguero de pólvora. El baño había matado a Frenchie. Pero la realidad es más prosaica: murió el 2 de julio de 1909, aproximadamente una semana después de llegar al asilo, gravemente debilitado y negándose a comer. El baño ocurrió, la muerte también. Lo que no existe es evidencia de que uno causara la otra.

La leyenda, sin embargo, se resiste a morir. Porque es más bonito pensar que un hombre prefirió la muerte antes que romper su promesa, que se aferró a su juramento hasta el final. La verdad es menos poética, pero también más humana: Frenchie no murió por un baño, sino por una vida de excesos, soledad y desgaste. Y quizás, por una pala que alguien le dio hace décadas.

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