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Octubre de 1916. Un joven campeón se esconde en la bodega de un barco que parte de Australia. No huye del combate. Huía de algo más complejo.
Tenía veinte años. Había ganado 22 peleas consecutivas. Era campeón australiano de peso medio y pesado. Su nombre empezaba a escucharse más allá de Sídney.
Pero su país estaba dividido por la guerra. El debate sobre el reclutamiento ardía. A él le negaron el pasaporte para viajar a Estados Unidos. La prensa comenzó a llamarlo cobarde. Decidió marcharse igual.
Pagó para embarcarse en secreto rumbo a Nueva York. No llevaba más que ropa y una promesa: disputar el título mundial.
Al llegar, el recibimiento fue frío. Las autoridades le prohibieron pelear. Los promotores se alejaron. Las plumas blancas, símbolo de cobardía, comenzaron a llegarle por correo.
Para silenciar las acusaciones, se alistó como voluntario en el ejército estadounidense en abril de 1917. Pero el enemigo no estaba en el frente.
Meses antes, en una pelea por el título australiano, había perdido dos dientes. La infección se extendió en silencio. Se convirtió en sepsis. Luego en una afección cardíaca.
El 24 de mayo de 1917 murió en Memphis. Tenía 21 años. Nunca había sido noqueado. Había ganado 46 de 50 combates.
El título mundial oficial nunca llegó. El joven que viajó oculto en la bodega se llamaba Les Darcy.
Cuando su cuerpo regresó a Australia, las calles se llenaron. Cientos de miles acompañaron el cortejo fúnebre. La nación que antes lo cuestionó lo recibió como héroe.
A veces la historia no juzga con claridad en el momento. A veces primero señala… y después comprende. Y entonces ya es demasiado tarde.