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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Un análisis al vuelo de Estados Unidos y Cuba sobre las plagas

Houston.- Existen en todos los tiempos y en todas las geografías. No siempre son visibles como una peste medieval ni ruidosas como una guerra declarada. A veces se disfrazan de benevolencia, de discurso compasivo o de falsa épica revolucionaria. Cada nación carga con la suya. Y aunque sería imposible abarcar el fenómeno en toda su extensión histórica, detengámonos en dos escenarios que hoy revelan con crudeza la naturaleza de estas plagas: Estados Unidos y Cuba.

En el caso estadounidense, la crisis reciente no ha sido un simple antagonismo partidista. Ha girado en torno a la noción misma de orden institucional. Una frontera sur debilitada durante años no es un detalle administrativo; es una fisura en el concepto de soberanía. Cuando el control migratorio se transforma en improvisación, cuando la estrategia cede ante el cálculo coyuntural, surgen tensiones económicas, culturales y políticas que erosionan la confianza pública.

Toda nación tiene derecho a ordenar sus flujos migratorios y a proteger la coherencia de su marco legal. La plaga, en este contexto, no son los individuos que buscan prosperar, sino la irresponsabilidad estructural que convierte la legalidad en consigna y la autoridad en motivo de sospecha permanente. Allí donde el Estado vacila en sus funciones esenciales, se debilita el tejido cívico.

La monopolización y la plaga moral

Pero si en un caso el riesgo es el desorden, en Cuba la plaga adquiere una forma más profunda y devastadora: el encierro sistémico. No se trata de exceso, sino de carencia; no de apertura caótica, sino de clausura prolongada. Durante más de seis décadas, el poder ha monopolizado la economía, la información y la iniciativa individual, creando una estructura donde la dependencia sustituye a la autonomía.

La escasez no es circunstancial; es estructural. Los apagones interminables, el deterioro visible de ciudades y campos, los salarios que no alcanzan para cubrir necesidades básicas, la migración masiva de jóvenes y profesionales, no son episodios aislados: son el resultado de un modelo que anuló incentivos, sofocó la creatividad productiva y subordinó la prosperidad a la lealtad política.

Sin embargo, la plaga mayor no es solo material, sino moral. Hay una pregunta incómoda que debería resonar en cada conciencia: ¿por qué yo puedo comer y mi pueblo no? Esa interrogante no es retórica; es una herida ética. Revela la fractura entre quienes logran sobrevivir gracias a ayudas externas y quienes permanecen atrapados en la escasez cotidiana.

Se produce entonces un destierro de vergüenza: vivir del “imperio” —como oficialmente se le denomina— mientras se sostiene un discurso que lo condena; depender de remesas enviadas desde ese mismo lugar al que se acusa de todos los males; defender al poder que humilla, que restringe, que no garantiza el pan ni la libertad. Esa contradicción desgasta el alma colectiva. Obliga al ciudadano a una doble moral: agradecer en silencio lo que se recibe de fuera y aplaudir en público a quien no le ofrece sustento.

Contrastes entre opulencia y carencias

La desigualdad real agrava la fractura. Una élite con acceso privilegiado a divisas, bienes y oportunidades contrasta con una mayoría que sobrevive entre carencias. La igualdad proclamada se convierte en consigna vacía cuando la experiencia diaria la desmiente. Y lo más grave es la normalización del miedo, la resignación como método de adaptación y la pérdida progresiva de la esperanza.

Las plagas modernas no siempre destruyen ciudades; a veces paralizan conciencias. En un lugar pueden manifestarse como debilitamiento institucional; en otro, como asfixia prolongada. Pero el daño más profundo ocurre cuando la sociedad se acostumbra a la incoherencia y deja de exigir responsabilidad.

Combatir estas plagas exige algo más que reformas superficiales. Implica restaurar la dignidad individual, reconciliar discurso y realidad y asumir el costo moral de la verdad. Cuando la conciencia colectiva despierta y la pregunta incómoda deja de susurrarse para pronunciarse con valentía, la plaga comienza a retroceder.

Y solo entonces puede iniciar la reconstrucción verdadera de una nación.

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