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Por Hiram Caballero ()
Durante la Edad Media, las prácticas de higiene personal diferían significativamente de las que conocemos hoy. En esa época, el concepto de limpieza y cuidado individual estaba influenciado por una mezcla de creencias culturales, conocimientos médicos limitados y las condiciones socioeconómicas de la población.
Un aspecto particularmente interesante de la higiene medieval es el uso extendido de perfumes y aceites aromáticos, especialmente entre las clases altas. Esta práctica no solo respondía a un deseo de agradar a los sentidos, sino que también estaba arraigada en las teorías médicas de la época. Ilusas, generalmente.
Una de las creencias más influyentes era la teoría del «miasma», que sostenía que muchas enfermedades eran causadas por «malos aires» o emanaciones pestilentes. Según esta teoría, los olores desagradables eran señales de un aire corrupto que podía transmitir enfermedades. Como resultado, las personas con seso buscaban maneras de contrarrestar estos olores nocivos.
Los perfumes y aceites aromáticos se consideraban herramientas esenciales en esta lucha contra los vaporosos miasmas. Las clases altas, en particular, llevaban consigo pequeños frascos de perfume, a menudo elaborados con materiales preciosos. Estos frascos ridículos y hermosos contenían una variedad de esencias impensables, desde flores y hierbas hasta especias exóticas, que aplicaban generosamente sobre el cuerpo mugriento y la ropa sucia.
Recordemos que el baño no era cosa de todos los días.
Además de los frascos de perfume, era común cargar con bolsitas de hierbas aromáticas, conocidas como «pomanders». Estas bolsitas, a menudo colgadas del cinturón o llevadas en la mano, contenían una mezcla de hierbas y especias que desprendían un aroma agradable entre tanto mal olor.
Las pomanders no solo servían para perfumar el aire alrededor de la persona, sino que también se creían capaces de proteger.
En lugares públicos, como mercados y plazas, así como durante reuniones sociales y eventos importantes, el uso de estos aromas era especialmente distintivo. La gente creía que, al mantener un ambiente fragante alrededor, podían evitar la corrupción del aire y, por ende, prevenir la aparición del mal. De ahí que hoy tengamos tantos ambientadores en el aire…
La higiene personal en la Edad Media también estaba influenciada por otros factores, como la disponibilidad del agua y las condiciones de vida. Mientras que las clases altas tenían acceso a baños privados y productos de lujo, las clases bajas a menudo carecían de estas comodidades y ni baños públicos.
A pesar de estas diferencias, el uso de perfumes y aceites aromáticos era una práctica común que trascendía las barreras sociales, aunque en diferentes grados de sofisticación y frecuencia.
Mucho antes, Cleopatrase zambuía en tinas conteniendo leche de burra. Lo que la tornó muy sabía, inexplicablemente.
En resumen, las prácticas de higiene personal en la Edad Media reflejan una combinación fascinante de creencias, condiciones socioeconómicas y tradiciones culturales. El uso indiscriminado de aromáticos ofrece una ventana a la mentalidad «avanzada» de la época, y a los esfuerzos de las personas normales por mantenerse saludables en un mundo donde el conocimiento médico era limitado y las condiciones de vida podían ser precarias.
Las muchas pestes matadoras, no obstante, no fueron obra de la mera casualidad entonces, sino elemental consecuencia de la causalidad.
Y muchos siglos después, las cortes europeas nadaron todavía entre el talco asfixiante, el grajo, los piojos, las chinches, los hongos, la sífilis y el esmegma prepuciano.
No mentemos –por piedad hacia las otrora federadas– los vahos del bacalao al horno que se cocían bajo los malacós, a la espera del bombero sin careta antigás.
No en balde pulularon –a partir de entonces– los abanicos.