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Las lágrimas oportunistas de Israel Rojas: el trovador que olvidó cantarle al pueblo

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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- Israel Rojas llora ahora, pero sus lágrimas llegan tarde y sobran. El director de Buena Fe, ese dúo que pasó de criticar «la zanja» del sistema a convertirse en la banda sonora del régimen, reaparece con un discurso de falsa contrición, como si el arrepentimiento pudiera borrar dos décadas de complicidad.

Se queja del «bullying mediático», del abandono, de la desolación… pero omite mencionar sus conciertos para la Red de Bandanas Rojas, sus felicitaciones mutuas con Díaz-Canel, o aquel «combate orden» que apoyó mientras reprimían a jóvenes en las calles el 11J.

Sus lamentos son como sus canciones recientes: bien producidos, pero vacíos de auténtica rebeldía.

El mismo que llamó «anormales» a quienes interpretaban sus letras como críticas al gobierno, ahora invoca una «reconciliación» tan conveniente como sospechosa. ¿A qué viene este arrepentimiento selectivo? ¿Acaso olfatea el viento cambiante, como aquellos burócratas soviéticos que en los 80 empezaron a hablar de «glasnost» mientras guardaban sus dólares bajo el colchón?

Rojas pide perdón sin nombrar víctimas, sin exigir la liberación de los presos políticos, sin devolver los premios que ganó siendo vocero de la maquinaria represiva. Su mea culpa es un libreto calculado: admite lo imposible de negar (la represión del 11J) pero evita toda responsabilidad personal.

Cuando el pueblo no te cree

Hay algo grotesco en ver a este hombre, que viajaba en su Nissan moderno mientras el pueblo hacía colas interminables, llorar ahora por el «fracaso del diálogo». ¿Dónde estaba su voz cuando encarcelaban a raperos del Movimiento San Isidro? ¿Qué canción dedicó a los artistas exiliados?

Su silencio entonces fue tan elocuente como sus lágrimas hoy. Incluso en el accidente de tráfico que sufrió en diciembre, las imágenes lo mostraban sonriente en silla de ruedas, rodeado de funcionarios del régimen que le deseaban pronta recuperación para «la batalla de ideas». Nunca un tropiezo físico fue tan metafórico: Rojas lleva años cayendo, pero siempre sobre cojines oficialistas.

Su llamado a la «reconciliación» es especialmente cínico. ¿Cómo perdonar a quien nunca pidió perdón por llamar «damas de blanco malditas» a las madres de presos políticos? ¿O por justificar el apartheid cultural que convirtió a Cuba en un campo de concentración creativa?.

Rojas habla de unidad mientras su música sigue sonando en actos donde se vilipendia a los disidentes. Es el mismo juego de siempre: cambiar el maquillaje para mantener intacto el cadáver del sistema. Pero el pueblo ya no cree en metamorfosis de cartón.

¿Reconciliación?

La verdadera tragedia de Rojas no es su oportunismo, sino su mediocridad artística. Mientras Silvio Rodríguez, a pesar de su alineamiento, creó obras universales, Buena Fe se redujo a fabricar consignas con acordes.

Sus letras perdieron el filo crítico que alguna vez tuvieron, convirtiéndose en meros jingles para la «resistencia» de salón. Hoy, cuando intenta rescatar su imagen, ya no tiene ni el talento para conmover ni la credibilidad para persuadir.

El pueblo cubano, ese que Rojas dice representar pero al que nunca escuchó, sabe que la reconciliación no nace de lágrimas televisadas. Nace de la justicia, de la libertad, de devolverles la voz a los que él ayudó a silenciar. Mientras no entienda eso, sus lamentos seguirán sonando a lo que siempre fueron: mala fe disfrazada de trova.

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