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Larcena Pennington y los 24 kilómetros de arrastre en el desierto

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Marzo de 1860. Territorio de Arizona, una región todavía disputada, áspera y peligrosa. Larcena Ann Pennington tenía apenas veintitrés años y se recuperaba de una enfermedad en el campamento maderero donde trabajaba su esposo, cerca de las montañas Santa Rita. Aquella tarde parecía normal, hasta que un grupo armado irrumpió sin aviso.

Larcena y la joven Mercedes Sais Quiroz, una estudiante que se encontraba con ella en el campamento, fueron capturadas y obligadas a marchar hacia el este, internándose en el desierto.

La caminata fue brutal. Larcena fue golpeada y herida varias veces. Sus captores, convencidos de que no sobreviviría, decidieron no retrasarse más. La empujaron por un saliente rocoso y la dieron por muerta. Después continuaron su camino llevándose a Mercedes con ellos.

Larcena cayó entre rocas y arbustos, rodó hasta un barranco y quedó tendida, gravemente herida.

Debería haber terminado allí. Pero cuando cayó la noche, comenzó a moverse. No podía caminar. Apenas podía incorporarse. Así que se arrastró.

Centímetro a centímetro, sobre terreno irregular, bajo el sol inclemente del desierto. Entre el lugar donde cayó y el campamento, y más allá hasta Fort Buchanan, había unas quince millas, casi 24 kilómetros.

Sobrevivía como podía. Derretía pequeños restos de nieve cuando encontraba sombra en zonas altas. Masticaba vegetación silvestre que reconocía como no venenosa. La fiebre la consumía. Coyotes merodeaban atraídos por el olor de la sangre. Cada movimiento abría de nuevo sus heridas.

Durante catorce a dieciséis días avanzó así. Finalmente, llegó a un punto conocido por los trabajadores como la Gran Roca. Allí fue encontrada y llevada a Tucson, un pequeño pero creciente asentamiento del sur de Arizona que ya funcionaba como centro administrativo y comercial de la región.

El doctor L. C. Hughes trató heridas que parecían imposibles de superar. Contra todo pronóstico, sobrevivió.

Meses después, cerca de Fort Buchanan, el Ejército negoció la liberación de Mercedes en un intercambio de prisioneros. Ambas mujeres habían logrado sobrevivir.

La vida no dejó de ser dura. En 1861, su primer esposo murió en la violencia desatada tras el caso Bascom, un episodio que intensificó los conflictos en la frontera. Con el tiempo, Larcena rehízo su vida, se casó con el juez William F. Scott y se convirtió en una figura respetada en Tucson. La ciudad recordaría su apellido en la calle Pennington y el de su segundo esposo en la avenida Scott.

Los detalles exactos siguen siendo debatidos, pero el hecho central está documentado: fue herida, abandonada en el desierto y recorrió casi 24 kilómetros arrastrándose hasta salvar su vida.

No es una historia adornada. Es el reflejo de una frontera donde la supervivencia dependía de algo más que la fuerza física.

Se negó a morir. Y esa decisión la convirtió en una de las historias de resistencia más extraordinarias del viejo territorio de Arizona.

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