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Por Oscar Durán
La Habana.- Cuba vuelve a amanecer con una “buena noticia” fabricada en los talleres del triunfalismo oficial. Esta vez le tocó al petróleo. Según los medios del régimen, la Unión Cuba-Petróleo logró detener en 2025 el descenso productivo de crudo y gas que arrastraban los yacimientos nacionales desde hace más de una década. Dicho así, parece un hito histórico. Dicho como es, no pasa de ser otra maniobra de maquillaje estadístico para intentar vender estabilidad donde solo hay ruina.
Detener el descenso no es crecer. Esa es la primera trampa semántica de la propaganda. Cuando llevas años cayendo al fondo del pozo, cualquier resbalón más lento lo presentan como avance. La producción “aumenta”, dicen, pero en la misma frase reconocen que no alcanza para cubrir la demanda eléctrica ni las necesidades básicas de la economía. Traducido al cubano de a pie: seguimos sin corriente, sin combustible y sin futuro, solo que ahora con un titular optimista para justificar la misma miseria.
Si de verdad existiera un repunte significativo en la producción petrolera nacional, no haría falta explicarlo tanto ni repetirlo en todos los noticieros. Bastaría con que se notara. Bastaría con que las termoeléctricas dejaran de colapsar, con que los apagones no fueran la banda sonora diaria del país, con que el transporte no funcionara a pedal y con que el gobierno no siguiera mendigando petróleo a aliados cada vez más cansados de financiar una incompetencia crónica.
Lo más obsceno de esta historia es que los mismos “especialistas” que hoy celebran haber frenado el descenso, son parte del aparato que permitió —o aplaudió— el desmantelamiento técnico, la falta de inversión, la corrupción y la improvisación que hundieron el sector energético. Ahora pretenden vendernos como logro haber dejado de empeorar al ritmo habitual. Es como si el médico anunciara con orgullo que el paciente ya no se está muriendo tan rápido, aunque siga en terapia intensiva.
La mentira no está solo en inflar cifras, sino en el propósito: ganar tiempo, adormecer conciencias y sostener el relato de que el sistema todavía funciona. Pero la realidad es terca. Mientras el cubano siga viviendo a oscuras, cocinando con leña y organizando su vida alrededor de apagones interminables, cualquier “alza productiva” no pasa de ser otro capítulo del mismo guion: propaganda para ellos, resistencia obligatoria para nosotros.