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Por Jorge L. León (Historiador e investigador)

Houston.- Desde algún rincón de la Cuba empobrecida, un vocero del aparato oficial —de esos que sustituyen el pensamiento por consignas— lanzó una advertencia cargada de desprecio: “Váyanse al capitalismo brutal, a respirar violencia y a ser esclavos del capital”.

La frase, lejos de impresionar, revela algo más profundo: la persistencia de un discurso que sobrevive repitiéndose a sí mismo, desconectado de la realidad que pretende describir. No es una opinión: es un eco. Un reflejo condicionado de una estructura que necesita demonizar lo que no puede controlar.

Pero hay una diferencia esencial entre quien repite y quien ha vivido.

Llegué a Estados Unidos a los 52 años. Sin idioma, sin redes de apoyo, sin privilegios. Solo traía conmigo lo indispensable: voluntad y dignidad. En Cuba había sido profesional; aquí era un desconocido más. Empezar desde cero no fue una metáfora, fue una condición.

Trabajos modestos, jornadas largas, aprendizaje constante. Sin embargo, había algo radicalmente distinto: el esfuerzo tenía sentido. Existía una relación directa entre sacrificio y progreso, entre trabajo y recompensa.

Cuba: la supervivencia como rutina

Un año después, mi esposa y yo habíamos adquirido nuestra primera propiedad. No era lujo: era posibilidad. En Texas construimos una vida sencilla, estable, sin sobresaltos ni simulaciones. Casa propia, transporte, seguridad básica. Elementos que en cualquier sociedad deberían ser normales, pero que en Cuba se convierten en aspiraciones inalcanzables.

Me jubilé a los 67 años con una pensión modesta, pero suficiente. Cuento con seguro médico que cubrió una cirugía de corazón abierto y garantiza mis medicamentos. Recibo apoyo estatal y, sobre todo, disfruto de algo que durante décadas me fue ajeno: tranquilidad.

Aquí no hay que fingir. No hay que callar para sobrevivir. No hay que esconder lo que se piensa.

Entonces surge una pregunta inevitable: ¿dónde está la brutalidad?

¿En un sistema imperfecto, sí, pero donde el individuo puede avanzar, disentir y reconstruirse?

¿O en uno donde la vida cotidiana está marcada por la escasez, el control y el miedo?

Viví 52 años en Cuba. No hablo desde la teoría. Fui profesor, trabajé, cumplí. Y, sin embargo, nunca pude aspirar a una propiedad, a un vehículo, ni a una vida material mínimamente estable. La supervivencia era una rutina. Alimentarse, vestirse, trasladarse: todo exigía esfuerzos desproporcionados para resultados precarios.

Hoy, la situación es aún más crítica. El costo de productos básicos supera ampliamente los ingresos. La escasez no es eventual, es estructural.

Pero lo más grave no es lo material

Es la erosión de la dignidad. La anulación de la esperanza. La imposibilidad de decidir sobre la propia vida. No hay prensa libre. No hay elecciones competitivas ni espacios auténticos de expresión. La vigilancia y la sanción sustituyen al debate.

El ciudadano aprende a adaptarse: a callar, a simular, a repetir.

Y en ese proceso, lo más doloroso ocurre cuando algunos terminan interiorizando ese discurso, defendiéndolo incluso, como si fuera propio.

Por eso, el verdadero contraste no está en las consignas, sino en las experiencias.

No se trata de idealizar un sistema ni de negar sus fallas. Se trata de reconocer una diferencia fundamental: en uno, el individuo puede proyectarse; en el otro, apenas puede resistir.

Yo no lo leí. No me lo contaron.

Lo viví.

Y desde esa experiencia, afirmo: la brutalidad no reside en la libertad imperfecta, sino en la opresión sistemática. No en la posibilidad de fallar, sino en la imposibilidad de intentar.

Llamar “brutal” al capitalismo desde un sistema que limita, castiga y silencia no es un error conceptual: es una inversión deliberada del lenguaje.

Porque hay brutalidades visibles, y otras más profundas: las que deforman la conciencia, domestican la voluntad y convierten la resignación en norma.

De esas, precisamente, fue de las que me alejé.

Y de las que nunca regresaré.

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