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La transición al capitalismo a costa del pueblo: el fracaso moral de la élite cubana

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Por Rene Fidel González ()

Santiago de Cuba.- El Gobierno y la cúpula del Partido Comunista de Cuba intentan realizar la exitosa transición de una élite política y social al capitalismo, a costa del pueblo cubano. Esto ocurre con toda la enorme dificultad que ello supone, dada la orientación previa de su modelo económico y social, el subdesarrollo y las durísimas consecuencias de su ubicación e historial geopolítico.

No es un dato menor la violencia estructural que han ejercido sobre inmensos sectores de la población en ese empeño.

El peaje que han tenido que pagar —y siguen pagando— generaciones de cubanos por su impericia, fracasos y contradicciones en ese y otros propósitos ha sido extraordinario. Sin embargo, la manera en que están siendo degradadas y desmontadas las instituciones, las estructuras y las culturas de la civilización que ellos mismos ayudaron a construir resulta particularmente ominosa.

No existe forma alguna de resarcir a millones de ciudadanos por el estrangulamiento, el descarte y la frustración de sus proyectos de vida. Tampoco existe por las interferencias y perturbaciones causadas por decisiones que impactaron negativamente los contextos de interacción y realización personal en Cuba. Además, no existe forma de resarcir a los ciudadanos por la indefensión ante estas y ante los actos de individuos insidiosos y venales.

La patria somos nosotros

Estos últimos usufructuaron, con alarmante frecuencia, el patrón de impunidad, opacidad y despotismo. Este patrón emanaba de la ostensible ausencia de responsabilidad de quienes tomaban decisiones en la cúspide de las estructuras políticas y gubernamentales.

Todo ello configuró una forma agravada y particularmente agresiva de corrupción política, con la que se gestionaba el ejercicio del poder.

Convirtieron una tierra de hombres y mujeres libres —que les apoyaron durante décadas con fe y devoción— en un solar yermo de mediocridad, abuso e indiferencia.

Ellos quisieron súbditos, no ciudadanos.

Tuvimos que mendigar derechos y libertades con paciencia y nobleza ante cada agravio. Además, tuvimos que mendigar respeto y decoro. También tuvimos que mendigar alimentos y acceso a servicios elementales. Tuvimos que mendigar hasta la dignidad, y aun así solo obtuvimos desprecio, mezquindad o castigo.

Cuando se tiene que mendigar —cuando se debe mendigar incluso la dignidad, ya sea en Cuba o fuera de ella para poder alcanzarla—, entonces ya no somos pobres, porque la pobreza no significa este destino.

Ahora que no pueden obtener de nosotros nada que no sea simulación y la obediencia del miedo, nos descartan.

No esperen tener hombres y mujeres dispuestos a defenderles a ustedes o a su poder. La patria somos nosotros, y hemos estado en peligro desde hace mucho tiempo.

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