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La Habana.- Villa Clara celebra. Su bate despertó, su pitcheo se ordenó y una racha victoriosa los tiene al borde de la epopeya: arrebatar el último boleto a la postemporada. Los números cantan, la afición vibra y la narrativa de la remontada heroica ya está lista para los titulares.
Sin embargo, detrás de este relato de esfuerzo y superación, se esconde una verdad sórdida y repetida hasta el cansancio: el béisbol cubano, en su fase decisiva, se transforma en un mercado de favores, una comedia de enredos donde la competencia genuina es el primer eliminado. Lo de Villa Clara no es una hazaña; es el síntoma terminal de un sistema que perdió hasta la vergüenza.
Miremos con frialdad los «triunfos» que cimentan esta milagrosa resurreción. Las Tunas, ya clasificada, llegó a Santa Clara no a competir, sino a entrenar. Granma, eliminado desde hace rato, se presentó con un roster raquítico y un pitcheo de lástima. Y Camagüey, el rival de esta semana, apareció con apenas 17 peloteros y tres lanzadores útiles para tres juegos. ¿Esto es una contienda deportiva o un simulacro patético? Villa Clara no está derrotando a rivales en su plenitud; está aprovechando la desidia calculada de equipos que ya no tienen nada que ganar, ni siquiera el respeto del aficionado.
La responsabilidad de este circo no recae en los peloteros, sino en la desastrosa planificación de la Comisión Nacional. Programar «juegos de recuperación» después de definidos los clasificados es una invitación al fraude competitivo. Es el mismo error que convierte el final de temporada en un pantano donde los equipos eliminan pesos, pruevan novatos y le «huyen» a rivales peligrosos en la próxima fase. Se premia la astucia oportunista, no la calidad sostenida. El mensaje es claro: en el béisbol cubano, a veces es más inteligente no jugar que jugar a ganar.
Esto, por supuesto, no es nuevo. Es la misma cultura que regaló un jonrón dentro del terreno a Alfredo Despaigne para que rompiera el récord de José Abreu, convirtiendo un logro individual en una farsa colectiva. Es la lógica del «acuerdo entre caballeros», del «dejarse ganar» por conveniencia, que ha contaminado la liga durante décadas. Se sacrifica la integridad del juego en el altar de los récords personales, las clasificaciones forzadas y las narrativas épicas prefabricadas.
Ahora, con Villa Clara a las puertas del play-off, la pregunta incómoda es: ¿y si Pinar del Río, el gran rival histórico, hubiera aplicado la misma fórmula, hipotéticamente? ¿Si, siendo ya clasificado, llega a Ciego de Ávila con sus suplentes para el juego final, «entrenando» y facilitando la victoria del equipo avileño, que sí necesita ganar? Sería el giro final de la tragicomedia: que la gran remontada de Villa Clara dependa, en última instancia, de que otro equipo les haga el favor de no presentar batalla. La épica, en ese caso, quedaría reducida a un pacto de no agresión entre naufragios.
El verdadero perdedor en todo este enredo no es Camagüey, ni Granma. Es el aficionado que aún cree, que paga con su tiempo y su fe un espectáculo cada vez más hueco.
El gran perdedor es el béisbol cubano, que se desangra no solo por la fuga de talentos, sino por la pérdida de su credibilidad más básica: la certeza de que lo que se juega en el diamante es una competencia real.
Mientras la Comisión Nacional siga organizando parodias como esta «recuperación», el Clásico Cubano no será recordado por sus hazañas, sino por los guiños, las complicidades y los bochornosos regalos que, partido a partido, terminan de empañar lo que un día fue un deporte.