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Por Mercy Ruiz de Zárate ()
La Habana.- No es un ejercicio de ficción, sino el rescate de un hilo histórico que nunca llegó a romperse del todo. En el siglo XIX, mientras la Isla forjaba su identidad entre el látigo colonial y el sueño independentista, una corriente poderosa y pragmática trazaba otro camino: la incorporación a la Unión Americana.
Figuras cimeras como Ignacio Agramonte, en su juventud, y el controvertido Narciso López, quien llegó a izar una bandera de estrellas en suelo cubano, vieron en la anexión no una rendición, sino la única vía posible hacia la modernidad, la estabilidad y la prosperidad dentro del hemisferio.
Aquel proyecto, sofocado por el triunfo del independentismo y la intervención estadounidense de 1898, dejó una pregunta flotando en el aire caribeño: ¿qué habría pasado? Hoy, ante la crisis estructural cubana, la interrogante resurge con una urgencia tangible, no como nostalgia, sino como un cálculo frío de oportunidades perdidas y potenciales por ganar.
La ventaja más inmediata y humanamente apremiante sería la reunificación familiar sin trauma. El muro marítimo que separa a una nación de su diáspora se desvanecería de la noche a la mañana. Los viajes ya no dependerían de visados extenuantes, cuotas exorbitantes o el capricho burocrático, sino del simple derecho a la libre circulación.
Las familias, fracturadas por décadas de exilio, podrían recomponerse sin que el reencuentro fuera un evento excepcional y lleno de solemnidad dolorosa. La angustia de la despedida y la incertidumbre del desarraigo quedarían relegadas a los anales de un pasado superado, permitiendo que la sociedad cubana se recompusiera afectivamente en un espacio común y sin fronteras internas.
En el ámbito económico, la transformación sería tectónica. La plena integración al mercado laboral y financiero más grande del mundo ofrecería, de golpe, lo que la planificación central no ha podido generar en sesenta años: oportunidades masivas de empleo, salarios determinados por la productividad y el acceso al crédito para emprender.
La moneda estable, la posibilidad de propiedad plena y la afluencia de inversión directa terminarían con la economía de la escasez. El cubano, famoso por su ingenio y resiliencia, vería por fin desatado su potencial productivo, ya no para sobrevivir, sino para competir y prosperar en un ecosistema de libre empresa. La «lucha diaria» dejaría de ser una metáfora de la precariedad para convertirse en un esfuerzo con recompensa tangible.
El colapso de los sistemas de salud y educación hallaría una solución estructural en la integración a las redes federales y estatales de EEUU. Aunque el sistema estadounidense tiene sus propias complejidades, significaría el fin del desabastecimiento crónico de medicamentos, el acceso a tecnología médica de vanguardia y la posibilidad de formar especialistas en instituciones de primer nivel sin que ello implique una fuga de cerebros definitiva.
La educación, liberada del adoctrinamiento, recuperaría su autonomía y se conectaría con los estándares y recursos globales. La nación, en lugar de formar para la resistencia, formaría para la excelencia y la innovación.
Se erradicaría, quizás de la manera más dramática, el drama migratorio. Nadie tendría que lanzarse al mar en frágiles embarcaciones, pagar fortunas a traficantes o suplicar una visa humanitaria. La emigración, como acto desesperado y peligroso, desaparecería.
La movilidad sería una opción, no una hazaña. Esto no solo salvaría incontables vidas, sino que devolvería la dignidad al proceso de buscar un futuro mejor, transformándolo de una epopeya trágica en un simple acto administrativo o una decisión personal sin riesgos vitales.
Sin embargo, este escenario, con sus ventajas materiales incuestionables, conlleva la disolución de un proyecto nacional soberano.
Los próceres anexionistas lo veían como un mal necesario o un bien superior. Hoy, la pregunta es si los beneficios prácticos—el fin del sufrimiento material, la reunificación, la prosperidad—justificarían el precio de la soberanía.
La historia juzgó esa corriente como un desvío. Pero en la Cuba actual, agotada y fracturada, el fantasma del anexionismo ya no habla desde los libros de historia, sino desde la urgencia del presente, interpelando a cada familia que sueña con un reencuentro sin barreras y a cada joven que ansía un futuro sin límites artificiales.
El debate, por tanto, no es solo económico o político; es, en el fondo, una profunda disyuntiva existencial sobre el precio de la dignidad y la naturaleza de la libertad.