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Por Luis Alberto Ramirez ()

Miami.- La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, no solo ha asumido una postura de simpatía hacia el régimen cubano; sus declaraciones y gestos políticos reflejan una defensa abierta del modelo instaurado por la llamada revolución en la isla. No se trata, como se intenta presentar, de una ayuda humanitaria dirigida al pueblo cubano que sufre apagones, escasez y represión, sino de un respaldo político que termina fortaleciendo a la estructura de poder en La Habana.

La muestra más reciente fue su reacción ante la visita a México de la opositora cubana Rosa María Payá, quien participó en el foro “Cuba y América Latina, seis décadas de autoritarismo”, organizado por la Universidad de la Libertad, iniciativa del empresario Ricardo Salinas Pliego. Payá, hija del fallecido opositor Oswaldo Payá, acudió al evento para exponer la realidad política y social que atraviesa Cuba.

Durante su conferencia matutina, Sheinbaum criticó la participación de Payá señalando que, si acudía en nombre de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, “no debería militar a favor de una u otra causa”. Sin embargo, esa declaración plantea una contradicción evidente: ¿acaso denunciar violaciones sistemáticas a los derechos humanos constituye “militar” por una causa, o es precisamente la razón de ser de quienes trabajan en ese ámbito?

¿Solidaridad?

La postura de la presidenta mexicana implica, además, una injerencia en los asuntos internos de Cuba. Si el argumento es que los organismos internacionales deben limitarse a revisar quejas con objetividad, entonces el mismo principio debería aplicarse a los gobiernos extranjeros que toman partido político por el régimen cubano bajo la bandera de la “solidaridad”. Cuba debe ser un asunto de los cubanos, no un espacio para que líderes regionales proyecten afinidades ideológicas.

El historial político de Sheinbaum, forjado en la izquierda latinoamericana, ha estado marcado por una narrativa de reivindicación de los movimientos revolucionarios. En ese imaginario, la revolución cubana sigue siendo presentada como faro ideológico, a pesar de los más de seis décadas de autoritarismo y crisis estructural en la isla. Bajo esa lógica, el respaldo al gobierno de La Habana no se interpreta como apoyo a un sistema represivo, sino como defensa de un símbolo político.

Sin embargo, el problema no es simbólico, sino humano. Mientras se envían recursos y mensajes de respaldo al aparato estatal cubano, el ciudadano común enfrenta carencias básicas, falta de libertades y persecución a la disidencia. Llamar “ayuda al pueblo” a lo que en la práctica refuerza al poder político es, cuando menos, una tergiversación.

La solidaridad auténtica con Cuba no consiste en blindar diplomáticamente a su gobierno, sino en respaldar el derecho de los cubanos a decidir su futuro sin represión ni imposiciones. Todo lo demás es política ideológica, no ayuda humanitaria. La Sheinbaum apoya a la dictadura desde la cómoda distancia mejicana, pero si supiera de las condiciones en que viven los cubanos, se diera cuenta de la incertidumbre con que se vive en Cuba, y del desespero popular porque aquello se vaya de una buena vez a la mier…

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